LO ESENCIAL DEL CARISMA SOPEÑA

El alma del Carisma Sopeña, lo esencial, lo transmitió siempre y en todo lugar nuestra fundadora, la Beata Dolores Sopeña, quien afirmaba que, para abrir un Centro Obrero de Instrucción, eran precisos “una puerta grande y un buen piano”.

Así nos lo descubre, Eloísa Barcia, Catequista Sopeña, en un artículo para la revista ICONO de los Redentoristas.

Eloísa encontró hace años “un librito forrado en negro y escrito a máquina de escribir”, titulado “Avisos para abrir un Centro de Instrucción”, escrito por Dolores Sopeña.

En el texto, Dolores Sopeña efectivamente sugiere, allá por 1902, a sus primeras seguidoras que, para trabajar y dar a conocer a Dios, es necesaria una sincera y cálida acogida y la dignificación de las personas, a través, en este caso, de un piano, no uno normal, sino un buen piano.

En su vida, Dolores Sopeña “intuye la mejor manera para que los trabajadores logren tomar conciencia de su valor mostrando el camino a la verdadera felicidad humana hasta llegar a descubrir el rostro paterno y amoroso de Dios”.

Y de esta manera, establece que el tiempo que las personas pasen en los Centros –germen de lo que hoy son los centros de la Fundación que lleva su nombre y principal obra apostólica del Instituto Catequista- tiene que albergar formación y un tiempo para la expansión, que ensanche el alma y “les ayude a tomar conciencia de su dignidad”.

Por aquí os dejamos el artículo completo.

 “UNA PUERTA GRANDE Y UN BUEN PIANO

Los libros antiguos, además de tener muchos años y, con frecuencia mucho polvo, contienen mucha sabiduría.

Hace ya bastantes años, arreglando la biblioteca de nuestra casa de Comunidad, me topé con un librito forrado de negro, escrito a máquina de escribir, de esas que ahora solamente se encuentran en el ático (o trastero) de una casa o entre los objetos de una tienda de anticuarios.

Sin poder evitarlo, suspendí mi labor y comencé a leerlo; se titulaba: “Avisos para abrir un Centro de Instrucción”. Este librito resultó ser una joya para mí, pues contenía consejos de primera mano que Dolores Sopeña, por allá en el año 1902, daba a sus primeras seguidoras.

Lo que más llamó mi atención fue el énfasis de Dolores en el hecho de que, para poder dar comienzo a las actividades de un Centro Obrero de Instrucción, que en aquella época eran casi siempre colegios prestados en los días sábado y domingo, este debía tener una puerta grande y, además, se debía conseguir un buen piano.

Esencial de una puerta grande

Lo esencial es invisible a los ojos

Al leerlo y releerlo con el deseo de descubrir la razón de tan singulares requisitos, me vino a la mente Saint–Exupéry en El Principito: “Lo esencial es invisible a los ojos”, frase que acoplo a un simplón pensamiento mío: “Lo esencial casi siempre parece sin importancia, pero es sumamente esencial”.

Por supuesto, Dolores Sopeña, movida e inspirada por Dios, sabía muy bien la gran necesidad y sentido de tener una puerta grande y un buen piano para el funcionamiento del Centro.

Una puerta grande significa, sin necesidad de un letrero de ¡Bienvenidos!, una acogida cordial, una invitación a todos a entrar, sin barreras, sin discriminación, diciendo en voz cálida y clara: ¡Adelante, te estaba esperando! ¡Qué bueno que viniste! ¡Esta es tu casa!, haciendo explícita la vivencia de la acogida.

Tal vez más extraña sea la necesidad de un buen piano, porque no basta con que sea un simple piano, como para salir del paso, sino que debe ser uno bueno. Dolores Sopeña tenía muy clara la misión que Dios le había encomendado y todo le parecía poco para los obreros, los que sudan para hacer que las cosas surjan, que trabajan esforzadamente de sol a sol para ganar el sustento diario, los que con frecuencia son mal pagados y poco comprendidos.

Valor y dignidad

Dolores, que funda los Centros Obreros de Instrucción hace más de 120 años, intuye la mejor manera para que los trabajadores logren tomar conciencia de su valor y dignidad mostrando el camino a la verdadera felicidad humana hasta llegar a descubrir el rostro paterno y amoroso de Dios. Con este fin, distribuye sabiamente los tiempos en el Centro.

Un tiempo de “clases”, dedicado a aprender lo que cada uno necesita o desea. Y si el obrero solicitaba clases no ofertadas, inmediatamente se debía buscar profesor o profesora para responder a su necesidad.

Un tiempo de “explicación formativa”, donde se tratan todo tipo de temas interesantes e inspiradores como la familia, los valores humanos o de actualidad.

Un tiempo de “expansión”, y aquí entra de lleno el buen piano, porque cantar a coro ensancha el corazón y facilita el buen momento, la amistad y hasta mejora la salud. Es la oportunidad de la expresión artística, de mostrar las habilidades y cualidades ante el público fraternal.

Acogida y Fraternidad

Han pasado los años, con las pertinentes adaptaciones al tiempo y a las costumbres, y los Centros Obreros de Instrucción pasan a ser reconocidos como OSCUS y, hoy en día, a los 120 años de su fundación, Centros Sopeña. Las formas de atención han variado, pero permanece lo “esencial”, que es “invisible a los ojos”, el carisma inspirado por Dios a Dolores Sopeña para llevar su mensaje de amor.

Muy en el meollo de los Centros está la acogida invisible, pero real del Corazón de Jesús, que es “la puerta grande… «Yo soy la Puerta: el que entre por mí estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará alimento», San Juan, 10-9.

Y la alegría celestial, que se hace presente en el compartir fraterno o fraternidad, representado por “el buen piano”, que es melodía que anima, alegra, congrega y sana, es decir, la alegría celestial a la que todos somos invitados. “Alabad al Señor, que la música es buena; nuestro Dios merece una alabanza armoniosa”, Salmo 146, 1.

Sin duda, es sabiduría de lo esencial que Dios regala a los santos y santas para bien de todos”.

UN ACOMPAÑAMIENTO MUTUO

La Comunidad de Catequistas Sopeña en Sevilla viene trabajando y haciendo acompañamiento en barrios de Sevilla desde hace más de cinco años.

Se trata de una evangelización al estilo Sopeña, materializada desde la salida al encuentro, de buscar y hallar al otro, al hermano o hermana que tiene necesidades básicas importantes que cubrir, pero también un deseo acuciante y firme de encuentro con Dios.

En estos barrios hay muchas personas, inmigrantes latinos, que participan comprometidos en la vida de las parroquias.

En el camino con ellos, las Catequistas Sopeña constatamos que “entre evangelización y promoción humana existen efectivamente lazos muy fuertes, porque el hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos” (Cf. EN 31).

Para nosotras, es un acto de fe trabajar por mejorar las condiciones socio económicas de muchos hermanos que dejan atrás un hogar, una familia y su lugar en el mundo para ofrecer lo mejor a los suyos.

Así nos comparten su experiencia Lolo y Sandra, en un artículo de la Revista ICONO. A lo largo del texto, también nos recuerdan que es una labor de acompañamiento mutuo.

De un lado las personas migrantes que se sienten “importantes, útiles y aceptadas” y pueden acceder a nuevos horizontes y oportunidades y, por otro, nosotras que, acompañadas de sacerdotes y laicos, “encontramos en ellos el rostro de nuestro Señor a quien hemos ofrecido la vida en el servicio a los demás”.

Por aquí os dejamos reproducido en su totalidad el artículo:

UNA EXPERIENCIA EN SALIDA

Hace ya cinco cursos que estamos prestando servicios pastorales en las parroquias Nuestra Señora de la Candelaria y Blanca Paloma, enclavadas en los llamados “tres barrios” de Sevilla.  Barrios reconocidos entre los siete más pobres de España; marcados no solo por el desempleo, sino también por el tráfico y consumo de drogas, alcoholismo, deserción escolar, inmigración…

Es un don de Dios poder acercarnos y acompañar la vida de tantas hermanas y hermanos nuestros que buscan y encuentran a Dios en medio de sus vidas agitadas, endebles, precarias e inciertas. Nos sobrecoge toda la bondad y gratuidad que descubrimos día a día en tantos gestos sencillos y sin pretensiones que entre ellos se ofrecen, en palabras del Papa Francisco “el amor, lleno de pequeños gestos de cuidado mutuo se manifiesta en todas las acciones que procuran construir un mundo mejor” (F.T 81).

Sacerdotes, laicos y consagrados somos testigos de muchas historias personales y grupales de reencuentro, crecimiento, transformación, promoción y, por qué no, de “redención”. 

Como no responder a la invitación que del Señor hemos recibido para colaborar en el desarrollo de cada persona y de toda la Comunidad.

Acompañamiento en Sevilla

Salir al encuentro

Desde nuestra vocación Sopeña vivimos este servicio de evangelización como un “salir al encuentro”. Para nosotras esto supone una espiritualidad de permanente éxodo, de ponernos en camino para ir al encuentro del otro, dando testimonio de amor cristiano en las necesidades y esperanzas de nuestros hermanos, y preparar así el camino al Evangelio.

No podemos esperar que llamen a nuestra puerta, es urgente que salgamos nosotras al encuentro en sus casas, en la parroquia, en las calles, plazas… y allí donde ellos se juegan la vida.

Los inmigrantes latinos son quienes se acercan a la parroquia buscando apoyo en la Comunidad eclesial para seguir viviendo su fe; ofrecen servicios en la liturgia, hacen voluntariado en el coro y en catequesis.   Son acompañados y asistidos por Caritas y otras instituciones en la búsqueda de vivienda, colegio para los niños, trabajo… La parroquia es un lugar de reencuentro, como si llegaran a su casa; se sienten acogidos, importantes, útiles y aceptados; celebran y expresan su fe con naturalidad y familiaridad.

Caminando junto a ellos es que constatamos que, “entre evangelización y promoción humana existen efectivamente lazos muy fuertes, porque el hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos” (Cf. EN 31).

Es un deber social y un acto de caridad acompañar a las personas que sufren; es un imperativo de fe hacer todo lo posible para modificar las condiciones sociales de tantos hermanos que dejan casa, familia y patria para buscar la oportunidad de mejores condiciones de vida.

Acompañar la inserción de inmigrantes es una historia larga y dura. Verlos llegar con “nada” genera un círculo de ayuda, contención y acompañamiento. La falta de documentación y la necesidad de buscar sustento les hace trabajar largas jornadas y en “cualquier cosa”, dejando en casa a los niños solos o al cuidado de vecinos o de hermanos mayores, adolescentes en muchos casos.

Duele en el alma la falta de oportunidades para los jóvenes que se desmotivan y buscan refugio y fuerza en la droga y el alcohol. Tantas veces nos preguntamos ¿Cómo ayudarles a visualizar horizontes claros? ¿Cómo crear oportunidades reales que les hagan soñar futuros ciertos?

Nuestro servicio no está exento de la tentación del “paternalismo y dependencia”. Discernimiento comunitario y criterios claros nos ayudan a reconducir el servicio al Evangelio, promoviendo actitudes de crecimiento, autonomía, voluntad y constancia. Juntos aprendemos a reflexionar, a sacar conclusiones, a intuir por donde pasa Dios iluminando nuestras vidas.

Acompañamiento a alumnos

Acompañar o, mejor dicho, acompañarnos en el camino de buscar y encontrar a Dios presente en el hermano, en los acontecimientos, en los gozos y alegrías diarias, en la salud y en la enfermedad, en la fracción del pan, es un servicio en el que crecemos todos, ellos y nosotras. Ellos descubren oportunidades, apoyos, horizontes de vida nuevos. Nosotras… encontramos en ellos el rostro de nuestro Señor a quien hemos ofrecido la vida en el servicio a los demás.

Laicos y consagrados al servicio de la evangelización y la promoción

Creemos por experiencia que el evangelio ofrece una fuerza liberadora y promotora de desarrollo integral; ayuda a reconocer y respetar la dignidad de cada persona; despierta a la solidaridad, al compromiso y al servicio de los demás.

Este servicio lo prestamos compartiendo horas de voluntariado, oración y formación con laicos generosos, comprometidos y dedicados a la causa de la evangelización y promoción en el seno de la comunidad eclesial.

Lariza Barreto y Santiago Orozco pertenecen al grupo de jóvenes de la parroquia. Se prepararon para los sacramentos y actualmente cursan un Ciclo de Grado Medio en Gestión Administrativa.

 

 

V PEREGRINACIÓN SOPEÑA TOLEDO-MADRID

La Peregrinación Sopeña desde la primera casa fundada por Dolores Sopeña en España, en 1901, en Toledo, hasta la casa en la que falleció en 1918, en Madrid, surgió como idea en 2018 para conmemorar el Centenario de la subida al Cielo de esta mujer excepcional.

Pedro Leo, laico Sopeña y promotor de este “camino interior” que representa la caminata, cree que hay que seguir poniendo en valor la vida de Dolores Sopeña y su beatificación, de la que se cumplen ahora 19 años.

Esta quinta edición de la Peregrinación Sopeña ha terminado este fin de semana pasado en la Casa Museo en Madrid con una misa de acción de gracias.

Para su promotor, el Camino es un tiempo de convivencia, de conocimiento propio y del grupo, de apertura a otras personas y de compromiso de todos los participantes de llegar a Madrid y de hacer de estas jornadas “días muy especiales”.

Salida Peregrinación

Es un homenaje al “Ángel Caminante” que fue Dolores Sopeña, a sus múltiples viajes, que inició desde muy joven, acompañando a su familia por los continuos desplazamientos de su padre.

“Queremos poner en valor los viajes que hizo, pesar de las dificultades, para evangelizar por los distintos lugares de España y de Iberoamérica”, explica Pedro Leo.

Durante el camino han pasado por distintas localidades, donde han tenido el apoyo y el respaldo de distintas administraciones y entidades.

Tras el recorrido diario y la experiencia del día, Pedro ha dedicado parte de su tiempo de descanso para narrarnos un poco cómo iba siendo el camino y aportarnos algunas reflexiones. Ahora los queremos compartir por aquí.

V Camino Sopeña. Etapa 1. Toledo – Yunclillos. 21,6 kilómetros.

¿Qué motiva a una persona a dar un paso detrás de otro hasta conseguir completar una distancia?

Peregrinación1

La distancia es un dato que esconde el sueño que persigue cada peregrino de hacer familia bajo el horizonte de la fe.

Esta peregrinación pretende ser un camino hacia el interior más profundo de cada «ángel caminante» que no es otro que cumplir con los dos primeros mandamientos, desprendiéndonos de todo lo superficial.

El primer sello de nuestra Catequista Blanca, las palabras cercanas del padrino de esta peregrinación, D. Juan Miranda del Rincón (párroco de la Iglesia Santiago El Mayor de Toledo), la acogida de Mario (miembro de la Junta Directiva del Cristo de la Sala de Bargas) y el incombustible D. Jesús (párroco de Yunclillos) hacen que, cada paso cuente, cada paso merezca la pena.

V Camino Sopeña. Etapa 2. Yunclillos – Griñón.

El espíritu viajero está en el ADN de nuestra Fundación. Nos lo contagió Dolores Sopeña, quien nunca sintió las fronteras como barreras.

Pies de peregrinación

Muy al contrario, vencer las dificultades y respetar las diferencias, suponía un reto de superación. Creciendo en valores.

V Camino Sopeña. Etapa 3. Griñón – Leganés. 20,5 kilómetros.

Partimos a las 9:25 de la Parroquia Nuestra Señora de la Asunción de Leganés y, en apenas un kilómetro, la ermita del Cristo Aparecido de esta localidad nos recibe al son de las campanas, dándonos la bienvenida.

Montse, la presidenta de la Hermandad, nos explica brevemente el hallazgo por parte de un labrador llamado Pedro Gómez en 1569, de un pequeño Cristo crucificado sin cruz, transformado ahora en el patrón de la villa y al que se le conoce como Cristo Aparecido.

Momento de peregrinación

A partir de este punto, el escenario que rodea nuestros pasos se vuelve más urbanita.

Nos estamos acercando a Fuenlabrada y las múltiples carreteras comparten espacio con los senderos y caminos transitados por una gran cantidad de caminantes, pero sobre todo de ciclistas.

Continuamos hasta Leganés por el Parque de Polvoranca, donde nos sorprende el estado ruinoso de la Iglesia de San Pedro Apóstol.

Esta ermita fue construida en el siglo XVII, exactamente en el año 1655, por dos grandes arquitectos de la época: Francisco de Mora y su sobrino Juan Gómez de Moro.

Por aquel entonces, fue todo un ejemplo de arquitectura barroca española. Se levantó sobre los cimientos de una antigua ermita bajomedieval.

Está construida en ladrillo sobre zócalo de sillar. Presenta planta de cruz latina, de una sola nave, con capillas laterales y se cubre con bóveda cañón encamonada. Además, bajo el edificio existe una cripta sepulcral.

Este trayecto hasta nuestro destino, la Parroquia de Nuestra Señora de Zarzaquemada de Leganés, lo hacemos callejeando por esta localidad.

Nos recibe su Archipreste, D. Aurelio, que nos explica que la Virgen de Zarzaquemada representa la zarza ardiendo significado en la zarza ardiente, sugiriendo que servía como un tipo o imagen profética de María, la madre de Cristo, quien —al igual que la zarza ardió en fuego, pero permaneció íntegra— dio a luz al Hijo de Dios, pero permaneció siempre virgen.

V Camino Sopeña. Etapa 4. Leganés – Madrid. 19,6 kilómetros.

Después de una idea surge un proyecto, pero para que ese proyecto se materialice tiene que haber grandes personas que confíen y crean… que tengan fe en lo que propones.

Testimonio de la peregrinación

El Camino Sopeña pretende ser un «copia y pega» de lo que hizo Dolores, peregrinar, evangelizar, hacer familia.

Muchos agradecimientos para muchas personas… las que se ven y las que no se ven.

Seguimos caminando, ¿te vienes?

SALIR AL MUNDO Y CAMINAR

Dolores Sopeña reconoció en muchas ocasiones que, además de su formación académica, su mejor escuela fue siempre salir al mundo y caminar, junto a las personas que se iba encontrando por el camino.

También tuvo clara su misión durante toda su vida: estar cerca de los más vulnerables y dar a conocer a Dios a aquellos que no le aman porque no habían tenido la oportunidad de conocerle.

Una escritora de su Almería natal, Mar de los Ríos, autora de “Tren de lejanías” (Arcopress, Almuzara, 2012) y ‘Casa de ánimas’ (Amazon, 2015), ha publicado en La Voz de Almería distintos itinerarios de la mano y con el ‘con-sentimiento’ de almerienses ilustres.

Uno de estas colaboraciones se la dedicó a Dolores, bajo el título de Paseo con Dolores R. Sopeña y aquí queda reproducido para quien quiera disfrutar de su apasionante lectura:

Doña Dolores Rodríguez Sopeña:

He meditado seriamente si invocarle o no. Me producía muchísimo respeto. Yo no sé cómo dirigirme a una beata, una de las de verdad, declarada por el Papa Juan Pablo II en 2003. Y sin embargo me parecía tan fascinante, tan necesario… Entonces he recordado su lema:

La voluntad de hacer.

Él me lleva a la sombra fresca donde puedo tutear a: la niña Lola.

Y te sientas frente a mí…

Nací en Vélez Rubio un 30 de diciembre de 1848. Mi padre se haría cargo de la gestión del patrimonio del marqués de los Vélez. Allí di mis primeros pasos. Siendo muy pequeña, mi hermano Tomás y yo escapamos al cementerio “a contar los muertos que había”, a consecuencia del cólera que azotaba España… Y con cinco años sentí la primera llamada de Dios para dedicar mi vida a los demás.

Por razones del cargo de mi padre, mi infancia transcurre entre: Albuñol, Guadix, Sorbas, Ugíjar…. Cuando tenía nueve años, me atacó una enfermedad en la vista, y hubo que hacerme una delicada operación que aprendí a soportar; pero los ojos se quedaron ya para siempre alterados…

En 1865 llegamos a Almería, yo tenía 17 años. Y lo que más ilusión me hacía era escaparme de casa para visitar en secreto las cuevas del cerro de La Chanca. La imagen de dos hermanas de mi misma edad me marcaría de por vida. Porque lo peor de estar enferma y ser pobre es que la muerte no se acuerde de una… Junto con mi amiga Araceli nos dedicamos a amparar a aquellas muchachas. Sacábamos todo lo que podíamos de las despensas, pero nos faltaba. Entonces acordamos disfrazarnos de mendigas y pedir limosna en la puerta del templo de la Virgen del Mar, incluso de noche.

Confieso que fuimos muy imprudentes, éramos unas niñas… Araceli se contagió del tifus y yo caí muy enferma de la vista…

—Y es de aquellas cuevas de donde sacaste tu determinación para toda la obra posterior, ayudando a los desvalidos alrededor del mundo. Entre los 150 años que nos separan, hay muchas cosas que aún no han cambiado tanto como debieran… Fuiste tremendamente abierta, lo que ahora llamaríamos moderna, porque tuviste la decencia moral, la vista, de codearte con todos los estamentos para salvar a los invisibles. Muchas más ellas que ellos, porque la miseria tiene cara de mujer de piel oscura.

Los ojos de aquellas muchachas no me abandonaron jamás… Nos marchamos en el 68 a Puerto Rico. Otro cambio político profundo en España nos reportaba un nuevo trabajo para padre. Pero gracias a eso tuve la mejor de las escuelas: salir al mundo y caminar. Allí las mujeres de color fueron mi objetivo. Ellas me apodaron cariñosamente: Niña Lola.

Y tú, lejos de pedir tratamientos de señoritinga, contestabas a sus voces. Porque cuando llegas a América todavía existe la esclavitud… Pero a ti te da igual… Montas teatros y sacas dinero para ellas… Los periódicos de la época dicen que la señorita Rodríguez Sopeña, Dolores, es una gran actriz.

Una mujer compasiva, que sabe del efecto de la educación y del arte sobre el ser humano, no podía tener otro destino que sembrar esa semilla, porque en toda tierra agarra…

Y otra vez un cambio de trabajo de padre a Santiago de Cuba. Aquello fue una gran tragedia. Las muchachas de Puerto Rico llenaron el muelle el día de nuestra marcha, transidas de dolor. Pero dejaba atrás tres centros cívicos funcionando.

Entonces sólo tienes veintitantos años, niña Lola… Y ya eres santa…

En 1876, muere mi madre, mi mayor apoyo, y regresamos a Madrid. Allí me vuelco trabajando en las cárceles, hospitales, escuelas municipales…

Casa de DS en el mundo

En 1883 muere padre. Y en ese momento pretendo entrar en las Esclavas del Sagrado Corazón como religiosa para ayudar a las niñas pobres…

Sí, y no sería la última vez que te dan por inútil… Resulta tan cómico pensar quién era el ciego…

Entonces decido entrar en clausura en diciembre de 1883 en Las Salesas. Duré 10 días, allí comprendí que mi trabajo estaba ayudando a la gente. También asumí que el hábito coarta a parte de la población y que nunca habría de usarlo en mi misión.

Fue uno de tus muchos aciertos. Si tu compasión era universal, tu indumentaria de calle te acercaba a todos.

No obstante, una cruz de madera colgando de mi cinturón era mi bandera… En el 85 vino a mí Pepa la Cigarrera. La conocí en la cárcel y ella me retó a que me atreviera a ir a su barrio, el de Las Injurias.

En los siguientes diez años montamos diversos centros cívicos por multitud de barrios marginales de Madrid.

Entonces asumo que debo iniciar un proceso burocrático para dar forma legal y eclesiástica a tanto esfuerzo. Multitud de viajes y desilusiones, aunque todo compensado por la sonrisa de quien ve a Dios con nuestra ayuda.

Llega 1900 y ya hay 5.412 hombres y 14.890 mujeres que pertenecen a nuestros centros. En ese mismo año decido viajar por primera vez a Roma. Después de muchísimo esfuerzo, consigo una entrevista con el padre general de la Compañía de Jesús, quien era más difícil que ver que al Papa León XIII. “Procure acogerse bien con Dios, unos Padres le ayudarán otros no… esto es de hombres. No le importe, teniendo a Dios le basta. No le recomiendo a ningún Padre para que le ayude, pero dígales a quienes quieran escucharle, que yo la bendigo con todo mi corazón y a todos los que trabajen en su Obra. No admita nunca tentaciones del desaliento”.

—No hacía falta que te subrayaran lo que ya era tu herramienta de vida: la humildad y la fuerza personal, lo que exigías a tus catequistas.

Pero sí me vino bien una palmada en la espalda, quizás la más importante para seguir. En 1906 fundamos en Almería centros de las diferentes asociaciones cívicas.

—Cuenta Inés Baró, la que fue tu secretaria durante muchos años, de tu capacidad analítica fuera de lo común. “La compasión es la religión de la humanidad. No hay compasión cristiana o pagana, la verdadera compasión es divina en todas sus formas”.

Y en la cúspide de tu entrega, abriendo centros por multitud de países en todo el mundo, cierras tus ojos, esos que decían los torpes que no servían, en Madrid, en 1918.

Feliz porque mi fe y mi obra me aportan serenidad a la hora de mi marcha…

“Todos somos necesarios, imprescindibles nadie. El cementerio está lleno de gente imprescindible”.

Me arrodillo ante la imagen de una santa tan… humana…

Y ya no estás…

Acaricio tu retrato, mientras canto bajito la canción de Buika, Mi niña Lola, que parece extrañamente escrita para ti:

Dime por qué tienes carita de pena / qué tiene mi niña siendo santa y buena / cuéntale a tu padre lo que a ti te pasa / dime lo que tienes reina de mi casa”.

Publicada en La Voz de Almería, en la Sección Paseos con-Sentidos

El 11 de agosto de 2015

DOCENTES CON UNA SENSIBILIDAD ESPECIAL

La promoción es uno de los valores Sopeña. Representa un impulso que llevó a Dolores Sopeña, nuestra fundadora y mujer de excepcional sensibilidad, a confiar en el ímpetu y fuerza de cada una de las personas que tuvo a su alrededor para, con la ayuda de Dios, lograr sacar lo mejor de sí mismas.

Así fue y así sigue siendo en todos y cada uno de los espacios de acción en el mundo, en los que el Carisma Sopeña extiende su misión.

La experiencia como docente de Ana García enfrentó muchas veces al valor de la promoción, pero según nos cuenta en este interesante artículo para la revista ICONO, no fue hasta recalar en el Centro Sopeña Sevilla cuando la PROMOCIÓN cobró todo su sentido.

“Potencia cualidades y pule defectos para dejar a la luz el tesoro que todos llevamos dentro”.

Ana García, Laica Sopeña, entendió que Dios la había llevado hasta este Centro para conocer a alumnos con circunstancias a veces complicadas y que se despertase en ella una sensibilidad especial por las necesidades de los demás.

Ese plus que se ha encontrado, respecto a lo que ella creía que iba a ser la docencia, ha hecho que se reafirme en su vocación, latente desde niña.

PROMOCIÓN: DESCUBRIENDO TESOROS.                      

La promoción abarca todas las dimensiones de la persona. Potencia sus capacidades, revela sus cualidades, pule nuestros defectos hasta que deja al descubierto el tesoro que todos llevamos dentro. Nos ayuda a obtener lo mejor de las personas que Dios pone en nuestro camino.

La promoción como valor

Al llegar aquí me topé con el valor de la “promoción”. Si bien este término ya había aparecido antes en mi experiencia como docente, fue aquí, en mi centro de trabajo, donde cobró sentido, convirtiéndose en la clave de lo que tenía delante, entre mis manos, a diario. Dios me trajo aquí para ver de cerca que, desgraciadamente, me encontraría con alumnos/as cuya dignidad había sido desdibujada por circunstancias que la vida conlleva.

Esa falta de autoestima, de seguridad, de compañía… despertó en mí una sensibilidad especial por las necesidades de los demás. Esos alumnos, con sus “tesoros” enterrados, necesitaban sentir que alguien volvía a creer en ellos, en sus capacidades, fijar metas y pensar en logros a corto plazo, accesibles y posibles de conseguir.

¡Qué suerte la mía estar ahí en medio! Mi vocación por la docencia siempre me había hecho pensar en dar clase, en compartir mis conocimientos, en ser testigo de su aprendizaje… pero ser partícipe de su crecimiento personal y, en algunos casos, de retomar las riendas de sus vidas, me ha hecho reafirmarme en esa vocación que siento latente desde niña.

Terrenos para sembrar

Un educador no es, ni mucho menos, alguien que transforma al alumno, sino alguien que “sale al encuentro” de ellos, preparando el terreno donde se producirá esa transformación, creando el ámbito propicio para ello, facilitándole el camino, confiando en esa persona, reconociendo cada paso que de adelante y dejando que la persona sea artífice de su propio desarrollo, convirtiéndose en protagonista de su historia.

Precisamente ahora, más que nunca, después de estos terribles meses de pandemia, nos hemos encontrado con muchos casos de alumnos y sus familias que no solo tienen una crisis personal, si no que tienen necesidades materiales y económicas, que también son parte inevitable de ese terreno propicio que cualquier alumno necesita hoy en día para conseguir su meta.

 

Docentes con sensibilidad 2

Este curso, he podido evidenciar la solidaridad de mis alumnos en todo su esplendor, siendo partícipes, organizando y volcándose en campañas de solidaridad para ayudar a los más damnificados por la pandemia, tomando conciencia y viviendo experiencias de acción social, tan concretas, como ayudar a los compañeros de su propio centro.

Solidaridad evangelizadora, que nos hace más humanos y desarrolla la sensibilidad hacia nuestra propia promoción, como bien expresa el Papa Francisco en esta Audiencia a sacerdotes, religiosas y laicas consagradas de la asociación fundada por el Beato Chevrier:

“En efecto, no puedo sino aprobar y alentar la acción pastoral que lleváis adelante, según el carisma propio de vuestros institutos, un carisma que me toca personalmente y que está en el corazón de la renovación misionera a la que toda la Iglesia está llamada: porque existe una ‘íntima conexión entre evangelización y promoción humana, que necesariamente debe expresarse y desarrollarse en toda acción evangelizadora’ (Exhortación ap Evangelii gaudium, 178)».

Proyectos Solidarios

Esta solidaridad evangelizadora, encaminada a la promoción de nuestros alumnos, no solo les satisface a ellos, sino que es infinitamente gratificante para nosotros. Tenemos un proyecto en el centro, la “Bolsa de Solidaridad”, de donde se ayuda a los alumnos que lo necesitan.

Esta Bolsa se nutre de nuestras campañas solidarias, de aportaciones voluntarias, anónimas… y, como si del milagro de la multiplicación de los panes y los peces se tratara, esa Bolsa tiene siempre fondos para nuestros alumnos más desfavorecidos gracias a la voluntad y la colaboración de todos.

Cuando haces entrega de material, de dinero, de libros… y te sonríen con la mirada por encima de sus mascarillas, te das cuenta de que cualquier esfuerzo ha merecido la pena. Formar parte de la vida de esos alumnos y verlos promocionar, nos convierte en una “Gran Familia” junto a ellos y a las suyas propias.

De nuevo, cito unas palabras del Papa Francisco que pertenecen a su Encíclica, Fratelli Tutti, 276: “La Iglesia ‘tiene un papel público que no se agota en sus actividades de asistencia y educación’ sino que procura la promoción del hombre y la fraternidad universal. No pretende disputar poderes terrenos, sino ofrecerse como un hogar entre los hogares —esto es la Iglesia—, para testimoniar al mundo actual la fe, la esperanza y el amor al Señor y a aquellos que Él ama con predilección”.

Termino dejando el testimonio de un antiguo alumno Sopeña, Fabricio, que se sintió acogido y acompañado en nuestra casa. Consiguió sus objetivos, se involucró en la vida pastoral del centro y disfrutó su estancia aquí. Más tarde, se graduó en la Universidad. Promoción en su estado más puro.

Sensibilidad docente 3

Cuando creen en ti, comienzas a creer en ti

“La Fundación Dolores Sopeña me ayudó a dar sentido a mi vida personal y profesional.

Cuando creen en ti, comienzas a creer ti. Hacen que tengas retos y ganas de salir adelante. Aquí no solo forman profesionales académicamente, sino que se guía a la persona para que de lo mejor de sí misma.

Soy parte del legado de la Fundación porque si miro atrás, valoro mi evolución. Creo que cada uno de nosotros tenemos mucho que ofrecer al resto de personas. A nuestro lado puede haber alguien que necesita una mano para descubrir su potencial y está en nosotros crear la capacidad de ayuda a los demás”.

UN LUGAR PARA LA ESPERANZA

Confiar en algo tan humano como la solidaridad es dar lugar a la esperanza, algo que nos recuerda el Papa Francisco: “Si esperas, nunca serás decepcionado”.

En estos tiempos que vivimos y a las puertas de la Navidad, es un excelente momento para tomar conciencia de que todos somos diferentes, pero partes de un mismo todo.

Esa evidencia hace más formidables aún nuestros esfuerzos por tender manos y puentes, por construir mundos con palabras sinceras y honestas, valientes, amables y sanadoras.

Esa fue la experiencia que no comparte aquí Víctor Rivero, Laico Sopeña y profesor en el Centro Sopeña Las Palmas, en este nuevo artículo para la revista ICONO de los Padres Redentoristas.

Tiempos de acogida a la solidaridad

Acoger y reconocer la solidaridad como algo inherente a la naturaleza humana, supone recordar que afrontamos estos tiempos como hermanos e hijos de un mismo Dios.

Acogemos unos tiempos en los que la realidad se ha hermanado con la ficción.  Tanto es así que, a pesar del tiempo transcurrido desde la llegada de la pandemia, todavía soñamos con despertarnos y descubrir que todo ha sido un sueño.

Sin embargo, tal y como nos ha dicho el Papa Francisco en más de una ocasión, miremos con nuevos ojos nuestra existencia y dejemos su lugar a la esperanza. “Es una virtud que nunca decepciona: si esperas, nunca serás decepcionado” (Homilía de Santa Marta, 23 de octubre de 2018). Porque la espera nos regala que la vida acabe siendo un sueño del que no querremos despertar. Y en ese regalo descubriremos el protagonismo de dos palabras que siempre han jugado un papel especial: acogida y solidaridad.

Un lugar para la esperanza

De etimología latina, estos dos términos parecen predestinados a encontrarse siempre en el camino.  La primera, del verbo “acolligere”, nació con la misión de ser usada cuando deseamos dar refugio y compartir el sentido de hogar. La segunda, de “soliditas”, nos descubre una Buena Nueva: somos partes diferentes de un mismo todo. Recordar esto o, lo que es lo mismo, “volverlo a pasar por el corazón”, debe significar un ejercicio de regresión y redescubrirnos como hermanos e hijos de un mismo Dios.

Una peregrinación hacia el verdadero sentido de la solidaridad

Partícipes del Plan de Dios fuimos aquellas personas que, durante el curso pasado, tuvimos el regalo de sentir y vivir el auténtico espíritu de la solidaridad. Invitado por el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, el Centro Sopeña Las Palmas participó en un proyecto consistente en crear un telediario solidario.

Alumnado de 4º de la ESO, docentes, colaboradores inmigrantes y profesionales de los medios audiovisuales teníamos la misión de abordar algunos de los temas de eterna actualidad desde la perspectiva programada.

Sin embargo, y ahí se obró el milagro, lo que iba a ser un trabajo cooperativo con el objetivo de lograr un “producto final”, se convirtió en una experiencia de peregrinación hacia el verdadero sentido de la solidaridad.

“Si algo nos ha recordado la pandemia es que el aire que respiramos es compartido. Lo inhalamos, lo exhalamos y viaja hacia otras personas”. Estas fueron aproximadamente las palabras expresadas durante las sesiones iniciales de formación por parte de una de nuestras coordinadoras, marcando así el rumbo de lo que vino después.

Era nuestro primer curso presencial después del significativo confinamiento y este mensaje, mil veces presente desde la llegada de la COVID19, lo acogimos en esta ocasión con un sentido diferente. Lejos de recordarnos el miedo pasado y presente, tornó en una Buena Noticia y nos reveló nuestra naturaleza común y compartida.

Somos solidarios por naturaleza y, por tanto, el carisma que debía tener el proyecto que teníamos entre manos no era una mera cuestión de perspectiva, sino de vocación ineludible e innata.

Tú eres parte de mí

Tarea natural y conversora resultó trabajar para materializar este espíritu en un proyecto en el que participaban personas con diferentes orígenes, circunstancias, motivaciones, culturas y creencias.

Pocas veces se presentaba en el camino una oportunidad tan trascendente de sentir la evidencia de que la variedad encuentra su respeto y legitimidad desde una concepción global.

Temas despertadores de históricos debates como la inmigración en Canarias o la situación del Sáhara convivieron y fueron acogidos desde todos sus matices y expresiones, descubriéndonos que lo que afecta a unos, lo sentimos todos.

El Papa Francisco nos decía en la Evangelii Gaudium, n. 87, que “la palabra solidaridad es mucho más que algunos actos esporádicos de generosidad. Supone crear una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad”.

En la experiencia compartida, la magia de la solidaridad no solo sembró la armonía en una orquesta compuesta con instrumentos tan distintos, sino que nos convirtió en enviados de la que era la auténtica noticia.

Tú eres parte de mí. Sintámonos unidos por el regalo de la vida. Acojamos la solidaridad ahora y siempre porque compartimos un bien común, el regalo de Dios, la solidaridad.

DEL CARISMA DE DOLORES SOPEÑA A LA HERMENÉUTICA DE SUS TEXTOS

Volver a los textos que escribió Dolores Sopeña es siempre acercarse a las fuentes del Carisma para alimentar y continuar con su legado en el hoy de la historia.

En este contexto se han reunido, en dos ciclos de una semana completa cada uno, dos grupos de Catequistas Sopeña en la sede de la Casa Generalicia en Madrid (España).

Como facilitador y experto les ha acompañado el sacerdote Santiago González Silva, Misionero Claretiano, quien ha sido durante muchos años director del Instituto Teológico de Vida Consagrada en Roma, además de contar con un doctorado en Teología y otros.

El trabajo conjunto, la reflexión y análisis de los textos fue una experiencia de encuentro directo y en dialogo con la fundadora, con su mundo, sus experiencias, su espiritualidad, sus búsquedas, su servicio a la Iglesia, etc.

El estudio de las fuentes ha ayudado a enriquecer el Carisma, a resituar lo que ya se ha estudiado sobre los escritos de Dolores Sopeña, a descubrir aplicaciones prácticas que puedan surgir en respuesta a lo que la Iglesia necesita hoy y pide del Carisma Sopeña.

Ha sido una invitación a integrar la hondura de su legado en el estilo Sopeña en el actual momento que vivimos, un modo de ser y de estar en medio del mundo.

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FORMÁNDONOS EN MISIÓN COMPARTIDA

El pasado sábado una comitiva de la Familia Sopeña, formada por Catequistas y Laicas, participó en una jornada organizada por CONFER en la que se reflexionó acerca de la importancia de recibir formación sobre Misión Compartida.

Además de la reflexión teórica, la sesión se centró además en proponer a los asistentes pautas, criterios y orientaciones prácticas para la elaboración de los itinerarios formativos que se llevan a cabo en Misión Compartida.

La formación se prolongó durante toda la mañana en la Sala Arrupe del Espacio Maldonado de los Jesuitas en Madrid.

Organizada por el Área de Misión Compartida de la CONFER iba destinada a animadores, encargados de formación y responsables de la Misión Compartida en las congregaciones.

Las Catequistas Sopeña Rosi Hermosa, Sandra Salazar y María Isabel de Miguel y las laicas de Sevilla, Dolores Martínez y Amparo Romero, aprovecharon el encuentro para intercambiar impresiones con religiosos y laicos de otras congregaciones, con el mismo objetivo de sinodalidad, de compartir responsabilidades en la misión evangelizadora, que a la Familia Sopeña nos dejó definida nuestra fundadora, la Beata Dolores Sopeña.

El Carisma Sopeña está arraigado en la sociedad civil a través del Movimiento de Laicos Sopeña y Sopeña Juvenil.

Son dos grupos abiertos a todos aquellos que quieran dedicar algo de su tiempo a que el mundo sea un poco mejor viviendo su cristianismo de forma más activa y solidaria.

Son motor fundamental dentro del Carisma para construir la fraternidad y contribuir a “hacer de todos, una sola familia”, como era el ideal de Dolores Sopeña.

HACER DE TODOS UNA SOLA FAMILIA

La celebración esta semana en la Iglesia Católica de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado nos hace reflexionar a las Catequistas Sopeña sobre aquel sueño que a finales del siglo XIX Dolores Sopeña persiguió: “Hacer de todos, una sola familia en Cristo Jesús”.

Repasando el mensaje de los Obispos españoles y bajo el lema de este 2021 “Hace un ‘nosotros’ cada vez más grande”, reconocemos nuestro Carisma en ir más allá de lo conocido y de los conocidos, en salir al encuentro de los alejados, en visitar las fronteras físicas y espirituales.

Creemos firmemente en la dignidad y el valor de las personas migrantes que hacen más ricas y más fraternas, más cristianas y más próximas a Dios, nuestras sociedades, que muchas veces están estancadas en el individualismo y en la ceguera.

Cada uno de nosotros se ha sentido forastero o migrante en algún momento de su vida y, sin embargo, no por eso ha perdido el amor de Dios.

Esta conmemoración el próximo domingo día 26 de septiembre es, según han manifestado los Obispos españoles en su comunicado, “una ocasión para tomar conciencia de la situación del mundo en el que vivimos ante el desafío de las migraciones y las oportunidades que nos ofrecen de cara al futuro”.

La más importante, desde nuestro Carisma, entender que todos estamos interconectados y compartimos viaje y equipaje, aunque son ahora las personas vulnerables, que abandonan trágicamente por diferentes causas sus hogares y países, las que siguen llamando a nuestras puertas.

Igual que a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, Dolores Sopeña tuvo que enfrentar tres grandes retos: la revolución industrial, el anticlericalismo y el distanciamiento cada vez más grande entre clases sociales; ahora, uno de los retos de nuestro tiempo es precisamente, cómo mirar al migrante, al refugiado que llega a nuestro país, a nuestro pueblo y a nuestras fronteras.

Migrantes

Ahora nos toca, haciendo también nuestro el sueño de Dolores Sopeña, “hacer de todos, una sola familia”, acogiendo, protegiendo, promoviendo e integrando.

Como ella, la Familia Sopeña cree firmemente que el contacto y el conocimiento sincero entre las personas elimina prejuicios y estimula el amor fraterno.

Como dijo el Papa Francisco en la misma Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado en 2013: “Todos somos responsables de la vida de quienes nos rodean” y “Cada forastero que llama a nuestra puerta es una ocasión de encuentro con Jesucristo, que se identifica con el extranjero”.

TODOS SOMOS FRUTO DEL MISMO AMOR

La historia de Dolores Sopeña comenzó con una disposición de amor, de ayuda, de situarse al lado del otro, de un reconocimiento de cada persona como única y valiosa y, por supuesto, siempre digna de toda la atención y la compasión.

Así está encarnado en nuestro Carisma, porque las Catequistas Sopeña somos mujeres para los demás, y hecho realidad a través de nuestros valores.

Desde uno, vamos pasando por todos, pero desde la fraternidad y la entrega, el sentir que el otro, cualquiera que sea, es nuestro hermano, no puede suponer más que servicio, amor y bondad.

No lo podía haber expresado mejor María Jesús González, Catequista Sopeña en Loyola, en este artículo que reproducimos continuación con la intención de compartirlo y que se difunda como la semilla de la bondad.

UNA SEMILLA DE BONDAD

Ayudar a otro, es bonito y agradable. Casi siempre nos gustar hacerlo y nos deja una profunda satisfacción. A veces es un gesto espontáneo, que brota de una actitud y puede llegar incluso a lo heroico. Otras veces, nos lo hemos propuesto y lo hacemos en grupo, dentro de una institución o solos, incluso “de incógnito”. Siempre es grato.

Ayudar, ser útil a otros, nace en lo mejor de nosotros mismos. No podemos ignorar que hay una huella divina, impresa en nuestro corazón porque fuimos creados “a imagen y semejanza de Dios”. Esta huella muchas veces no se ve, el egoísmo la cubre; pero ahí está. Será bueno quizá descubrirla, cultivarla y esperar  muchos frutos y muchos buenos momentos.

Por eso, al comienzo de esta sencilla comunicación, les invito a reconocer en nuestro interior y en cada ser humano, aunque a veces resulte difícil, esa semilla de bondad, que nos hace más personas y nos orienta hacia los demás. Cada vez es más constatable (o claro) que el egoísmo y la inmadurez se dan la mano.

La sensibilidad ante el sufrimiento o carencias ajenas, es un valor, una cualidad, indica un corazón noble, profundamente humano. Hay  muchas personas excepcionales en este sentido. Dolores Sopeña fue una de ellas. La razón, quizá más profunda, es que se sitúan espontáneamente ante un semejante, un hermano. Desaparecen  las apariencias y las distancias. Perciben, más allá de lo habitual, el vínculo profundo que nos une: esa igualdad fundamental, ese origen común. El Papa Francisco dice que somos “caminantes en la misma carne humana”. Suena fuerte, pero asumir esta verdad, es la clave.

Fruto del mismo amor

Desde nuestra fe, sabemos que es realidad. Todos somos fruto del mismo amor, hemos salido de las mismas manos del Creador, de nuestro Padre Dios.

En otros casos, no parece que hay referencia religiosa expresa, pero a los que saben realmente amar y servir desinteresadamente, les mueve la misma verdad, si bien percibida de modo diferente. Algunas “distinciones” que a veces hacemos no son necesarias; más bien nos confunden. Basta saber que la bondad y el bien auténticos     – ¡eso sí! – solo pueden brotar de la Verdad y el Bien, con mayúsculas, que es Dios. No hay otra fuente.

Saber y sentir a los demás hermanos, iguales a uno mismo es un dinamismo  que “liberamos” de nuestro interior. Porque esa imagen de Dios que reconozco en mí y que me hace sentir un “hijo amado”, la veo en el otro y siento que también es amado como yo. 

Y entonces, se produce un misterioso intercambio… se abre un proceso de vasos comunicantes que nos iguala, nos enriquece, nos energiza. Mi ayuda, se convierte en la posibilidad de recibir de esa persona -quizá desconocida- la energía y la vida que brota de su mismo ser de hijo de Dios y me conecta con el Padre común.

Esta experiencia se convierte en profundo respeto, en cercanía, en gratuidad, porque lo que nos ofrecemos mutuamente no busca ni puede tener otra recompensa.

Plantear desde aquí el servicio o ayuda que deseamos prestar a los demás, nada tiene que ver con la “superioridad” ni el “paternalismo”. Es cierto que hay otras formas pienso que desenfocadas, de ayudar a los demás. Por dinero, por prestigio o vanidad, por conveniencia, etc. Son útiles, pero incompletas, no logran todo el efecto necesario, se limitan a paliar una situación, no siempre llegan a la persona, se reducen a logros “temporales”.  Se acaba la necesidad, se acaba el efecto de la ayuda.

Efecto permanente

Plantear “la acción social” desde la fraternidad, tiene un efecto permanente. La experiencia propia y la que se ha desencadenado en “el otro” ya dura para siempre. Nos hemos sentido hermanos y esta verdad ya es indeleble en ambas partes, porque, si cabe esta expresión, crecemos como personas. Dolores Sopeña decía “en esta Obra, crecemos todos a la vez…” Hace más de cien años, debió resultar una frase novedosa.

Este es el éxito y la fuerza de convocatoria que tienen algunas instituciones. El servicio que se presta es válido; pero lo que atrae es la red de relaciones fraternas que se crean.  Es lo que Dolores Sopeña enseñaba cuando decía que es necesario llegar  al corazón. No es ficción, no es romanticismo o palabras vacías. Es amor fraterno puro, real y sensible. Así se da y así es percibido. Los testimonios son numerosos.

En realidad el ejercicio de la fraternidad  no es aplicable solo a la dedicación a los demás como voluntariado o colaboración de tipo social, sino que es posible siempre, en cualquier servicio o profesión. En todas ellas puede haber, y de hecho hay,  una entrega personal, una actitud fraterna respecto al otro, sea quien sea, una atención desde el corazón y va más allá de todo pago o recompensa monetaria. Esta actitud, cualifica y da valor a nuestras actividades y, obviamente tiene efectos. 

La única salida

En este campo de las relaciones humanas, se juega todo, se juega el futuro de la humanidad. La fraternidad “es la única salida” advierte el Papa Francisco. (FT 67)

De ahí, que para “el enemigo de natura humana”, como llamaba San Ignacio de Loyola al espíritu del mal, sea este su principal campo de batalla. Sembrar odio, dividir, desunir, alejar a unos de otros, desintegrar, promover violencia, despreciar, excluir, es “diabólico”. Debemos estar atentos.

 El camino hacia el amor y la fraternidad es muy largo; pero todos podemos aportar nuestros pequeños pasos, en la convicción de que la victoria es nuestra, mejor dicho: es de nuestro Dios.