Este año Catequistas Sopeña y Laicos de Ecuador y de Colombia compartieron Misión en Cuenca (Ecuador) y una Laica Sopeña, Michelle Domínguez, ha querido compartir con un bello, íntimo y sincero texto su experiencia con nosotras, con el conjunto de la Familia Sopeña.
Os dejamos sus palabras por aquí:
“Es difícil poner en palabras todo lo que viví durante la Misión en una Comunidad muy bonita llamada «La Unión” junto a las Catequistas Sopeña, pero siento la necesidad de dejar que el corazón hable.
Ha sido una experiencia que me marcó profundamente, con momentos de luz, lucha y sobre todo de encuentro con Dios. Escribo estas líneas con el corazón lleno de recuerdos, emociones y una gratitud inmensa. Esta Misión ha sido, sin duda, una de las experiencias más transformadoras que he vivido.
No fue una experiencia fácil de describir, la Comunidad nos recibió con un cariño inigualable que sobrepasó mis expectativas. Vi rostros marcados por la vida, pero también iluminados por la fe. Escuché historias de lucha, de dolor y esperanza que me confortaron y en cierta forma, me desarmaron por dentro. Es difícil explicar cómo el silencio de una oración compartida o la sonrisa de un niño con tan poco pudo hacer tanto en mí.
Uno de los recuerdos más fuertes que me llevo es el de las visitas a los más viejitos. Fuimos casa por casa y me impresionó ver rostros llenos de años, arrugas que contaban historias, sus cuerpitos cansados pero sus corazones abiertos a recibir la Palabra de Dios. Escucharlos fue un regalo. Muchos de ellos solo querían alguien que los escuchara, que les hablara de Dios y que les dijera que Él nunca los ha abandonado. En sus miradas encontré una fe sencilla, pero profunda. Me hicieron pensar en lo que realmente importa en la vida.

También vivimos una Pascua Juvenil inolvidable. Tanto los niños como los adolescentes llegaron con una energía contagiosa, con esa alegría espontánea que solo la juventud tiene. Pero detrás de sus risas y juegos descubrimos corazones frágiles y deseosos de conocer más al Señor. Fueron momentos hermosos: dinámicas, cantos, oraciones, silencios que hablaban más que las palabras. Vi cómo algunos se emocionaban al hablar de Dios, cómo otros se atrevían a hacer preguntas difíciles, ver cómo se abrían a la oración, cómo descubrían la presencia de Dios en medio de sus juegos y cómo poco a poco, el Espíritu iba sembrando algo en cada uno, fue algo que me tocó el alma.
Las Catequistas Sopeña fueron un ejemplo de fe y de servicio hacia los demás. Su entrega, su alegría sencilla y su amor por la Misión me enseñaron mucho. No predicaban solo con palabras, sino con su modo de estar, de mirar, de acompañar. Aprendí que la Misión no es solo hablar de Dios, sino encarnarlo en la vida.
Confieso que también tuve momentos de duda y cansancio. A veces sentía que no era suficiente, que no sabía cómo ayudarlas realmente. Pero en esos momentos me recordaba que no estamos allí para resolverlo todo, sino para ser presencia, para sembrar amor. Y fue ahí donde encontré a Dios, justo en mi fragilidad, diciéndome “Estoy contigo”.
Y si algo tengo claro es que esta Misión no habría sido igual sin las Catequistas Sopeña. Gracias a ellas, aprendí que evangelizar no siempre se trata de hablar, sino de ser, de estar, de amar con paciencia, de mirar con compasión. Gracias por su testimonio silencioso, su alegría humilde, su oración constante. Cada gesto suyo fue una enseñanza viva que me mostraron el verdadero rostro maternal de la Iglesia y de Dios.
Regrese distinta, con sentimientos encontrados. Me dolió dejar a las personas que conocí, pero también me llena de esperanza saber que Dios seguirá obrando en sus vidas. Me voy con más preguntas que respuestas, pero también con la certeza de que Jesús caminó con nosotras en cada paso.
Doy gracias a Ti, Señor. Gracias por llamarme, por llevarme hasta esa Comunidad, por hablarme a través de cada rostro, cada momento, cada silencio. Gracias por mostrarme que, aunque soy frágil, Tú puedes hacer maravillas en lo pequeño, si me dejo en tus manos.
Gracias, por tanto. Me pongo en tus manos, Señor, una vez más”.
Michelle Domínguez.