SOLIDARIDAD DEL DÍA A DÍA

Más allá de las grandes campañas, armadas para interpelar a nuestra dormida solidaridad, para grandes necesidades, grandes catástrofes, están los gestos diarios, que conforman una forma de ser, de vivir y de comprender un mundo de hijos de Dios, que se tratan como hermanos y se ayudan.

A Charles Chaplin se le atribuye un dicho que no puede contener más amor y más esperanza: “Haz de los obstáculos escalones para aquello que quieras alcanzar”.

En la Familia Sopeña hemos hecho nuestra la frase y la llevamos más allá, al terreno de la solidaridad entre hermanos. “Sed escalón para todos aquellos que se encuentran con obstáculos”.

Y en esas estamos, construyendo escalones para aquellas personas que, a nuestro alrededor, muy cercanos, están atravesando dificultades.

Esa fue la intención de la campaña que ya ha cumplido un año “Un peldaño para los demás”.

Convertirnos, a través de un pequeño gesto, en ese impulso que está ayudando a muchas personas a no renunciar a sus proyectos de superación.

Por aquí os dejamos un artículo que cuenta muchas cosas sobre “Un peldaño para los demás”, publicado en la revista ICONO de los Redentoristas, en la que Catequistas Sopeña tenemos un hueco.

PEQUEÑOS GESTOS QUE NOS DIGNIFICAN

Muchas veces entendemos la solidaridad en forma de grandes campañas para aliviar o paliar grandes estados de necesidad o ante dramas que nos dejan sensibilizados y sin aliento.

Pero ¿qué hay del día a día? ¿Nos fijamos en los que tenemos justo al lado con sus problemas cotidianos? Amigos con dificultades, vecinos en soledad, compañeros con sueños frustrados… Hay pequeños gestos que dignifican y nos humanizan y construyen el Reino de Dios.

Esos pequeños gestos se convierten en pasos de la escalera que representa la vida de cada uno de nosotros y en la Familia Sopeña quisimos articularlos a través de la campaña Un Peldaño para los Demás.

El propósito, empezando por las Catequistas Sopeña en sus respectivas comunidades de España y Latinoamérica, lleva ya casi un año en marcha y ha dado grandes y jugosos frutos.

El Proyecto Solidario Un Peldaño para los Demás tenía como objetivo ayudar a personas y familias, usuarias o cercanas a los espacios de acción Sopeña en el mundo y evitar que la crisis económica provocada por la COVID19 malograse sus historias de superación y proyectos vitales, formativos o profesionales y lo va consiguiendo.

Es difícil contabilizar cuántas personas exactamente han sentido estos gestos solidarios, porque, en muchos casos, la ayuda ha supuesto una inversión de futuro para todos los miembros de una familia… o de un barrio entero.

No es dar, es construir

Pero lo que sí sabemos, más allá de las cifras, que detrás de cada peldaño construido o reparado hay historias de personas, sueños y aspiraciones de vida que van a seguir hacia delante y no se van a interrumpir.

Estar para los demás, al servicio de quien pueda necesitarnos, dándoles además a conocer a Dios, fue por donde comenzó Dolores Sopeña a probar su vocación, hasta saber cómo consagrarse al Señor.

Con Dolores bendiciéndonos desde el Cielo y ayudándonos más, hemos contribuido a construir y reparar escaleras fuertes y robustas, a veces, muy empinadas, con pasamanos, con rellanos…

La esencia es que nos hemos convertido en ese peldaño que ha permitido a muchas personas no interrumpir su proceso de superación, sus proyectos vitales…

La misión Sopeña hace presente el amor de Dios en medio del mundo, a través de la promoción de las personas, ofreciéndoles oportunidades para desarrollarse y crecer en lo personal y lo profesional a personas que no lo han tenido fácil o claramente en situaciones de desventaja social o vulnerabilidad.

Esa misión ha contribuido además a mantener esas oportunidades y conseguir que no se trunquen.

Solidaridad en Madrid

Setenta y nueve proyectos

Con una recaudación de más de 176.000 euros, hemos llegado a 79 proyectos, 79 “necesidades” detectadas en el entorno de los espacios de acción Sopeña en España, Ecuador, Colombia, Cuba, Chile y Argentina.

Quito, en Ecuador, ha sido el lugar donde más acciones se han llevado a cabo, pero quizás la que ha involucrado a más gente ha sido la desarrollada en el Campamento Millantú, en Puente Alto de Santiago de Chile.

Bajo el nombre “Tendiendo cables”, la acción ha supuesto la conducción de energía eléctrica para más de 600 familias, de tres o cuatro miembros cada una, instaladas en este campamento al borde del río Maipo.

En este espacio conviven personas chilenas y personas migrantes, hermanados por las carencias, la desigualdad, la falta de oportunidades, exacerbadas tras estos dos últimos años de pandemia.

Tienen en común también grandes capacidades, creatividad y espíritu de lucha, así como afán por organizarse colectivamente y buscar alternativas.

Según el testimonio de Gabriela Herrera, Catequista Sopeña y responsable de esta acción, “ha sido bueno y gratificante constatar que hombres y mujeres, más mujeres, se dieron a la tarea” de conducir para todos, la energía eléctrica; “de colaborar en los trabajos, por así decirlo, menores, de cavar hoyos para colocar los postes, acarrear material, hacer mezcla, vigilar los materiales”.

“Hasta los niños –nos continúa explicando- tenían su tarea de ‘no estorbar’ y ofrecer agua a los y las trabajadoras. Las imágenes hablan por sí solas”.

“Por supuesto, el técnico, con una cuadrilla de trabajadores especializados en tendidos eléctricos, supervisaron los trabajos previos de instalación de postes para poder realizar luego sin contratiempos el trabajo requerido”.

Iglesia en salida

Gabriela aclara que en Millantú saben que la Corporación Dolores Sopeña –como se la conoce en Chile- “no es una institución de asistencia”.

Aunque desde la dimensión de la acción social solidaria se responde a una emergencia, derivada de la pandemia, la acción allí consiste en un trabajo constante e integral, por el que esas personas, con el acompañamiento oportuno, salgan adelante con sus propias capacidades.

Además, la misma comunidad ha solicitado iniciar catequesis sacramental.

Gabriela confiesa sentirse “Iglesia en salida “, como dice el Papa Francisco. “Y así nos encontramos más que un campamento, una tierra sagrada habitada por personas en desventaja, que son los predilectos del Señor”.

Haciendo una alegoría con los tiempos de Dolores Sopeña, podríamos decir que nos encontramos en el “Barrio de las Injurias” del siglo XXI en Chile.

 

UN LUGAR PARA LA ESPERANZA

Confiar en algo tan humano como la solidaridad es dar lugar a la esperanza, algo que nos recuerda el Papa Francisco: “Si esperas, nunca serás decepcionado”.

En estos tiempos que vivimos y a las puertas de la Navidad, es un excelente momento para tomar conciencia de que todos somos diferentes, pero partes de un mismo todo.

Esa evidencia hace más formidables aún nuestros esfuerzos por tender manos y puentes, por construir mundos con palabras sinceras y honestas, valientes, amables y sanadoras.

Esa fue la experiencia que no comparte aquí Víctor Rivero, Laico Sopeña y profesor en el Centro Sopeña Las Palmas, en este nuevo artículo para la revista ICONO de los Padres Redentoristas.

Tiempos de acogida a la solidaridad

Acoger y reconocer la solidaridad como algo inherente a la naturaleza humana, supone recordar que afrontamos estos tiempos como hermanos e hijos de un mismo Dios.

Acogemos unos tiempos en los que la realidad se ha hermanado con la ficción.  Tanto es así que, a pesar del tiempo transcurrido desde la llegada de la pandemia, todavía soñamos con despertarnos y descubrir que todo ha sido un sueño.

Sin embargo, tal y como nos ha dicho el Papa Francisco en más de una ocasión, miremos con nuevos ojos nuestra existencia y dejemos su lugar a la esperanza. “Es una virtud que nunca decepciona: si esperas, nunca serás decepcionado” (Homilía de Santa Marta, 23 de octubre de 2018). Porque la espera nos regala que la vida acabe siendo un sueño del que no querremos despertar. Y en ese regalo descubriremos el protagonismo de dos palabras que siempre han jugado un papel especial: acogida y solidaridad.

Un lugar para la esperanza

De etimología latina, estos dos términos parecen predestinados a encontrarse siempre en el camino.  La primera, del verbo “acolligere”, nació con la misión de ser usada cuando deseamos dar refugio y compartir el sentido de hogar. La segunda, de “soliditas”, nos descubre una Buena Nueva: somos partes diferentes de un mismo todo. Recordar esto o, lo que es lo mismo, “volverlo a pasar por el corazón”, debe significar un ejercicio de regresión y redescubrirnos como hermanos e hijos de un mismo Dios.

Una peregrinación hacia el verdadero sentido de la solidaridad

Partícipes del Plan de Dios fuimos aquellas personas que, durante el curso pasado, tuvimos el regalo de sentir y vivir el auténtico espíritu de la solidaridad. Invitado por el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, el Centro Sopeña Las Palmas participó en un proyecto consistente en crear un telediario solidario.

Alumnado de 4º de la ESO, docentes, colaboradores inmigrantes y profesionales de los medios audiovisuales teníamos la misión de abordar algunos de los temas de eterna actualidad desde la perspectiva programada.

Sin embargo, y ahí se obró el milagro, lo que iba a ser un trabajo cooperativo con el objetivo de lograr un “producto final”, se convirtió en una experiencia de peregrinación hacia el verdadero sentido de la solidaridad.

“Si algo nos ha recordado la pandemia es que el aire que respiramos es compartido. Lo inhalamos, lo exhalamos y viaja hacia otras personas”. Estas fueron aproximadamente las palabras expresadas durante las sesiones iniciales de formación por parte de una de nuestras coordinadoras, marcando así el rumbo de lo que vino después.

Era nuestro primer curso presencial después del significativo confinamiento y este mensaje, mil veces presente desde la llegada de la COVID19, lo acogimos en esta ocasión con un sentido diferente. Lejos de recordarnos el miedo pasado y presente, tornó en una Buena Noticia y nos reveló nuestra naturaleza común y compartida.

Somos solidarios por naturaleza y, por tanto, el carisma que debía tener el proyecto que teníamos entre manos no era una mera cuestión de perspectiva, sino de vocación ineludible e innata.

Tú eres parte de mí

Tarea natural y conversora resultó trabajar para materializar este espíritu en un proyecto en el que participaban personas con diferentes orígenes, circunstancias, motivaciones, culturas y creencias.

Pocas veces se presentaba en el camino una oportunidad tan trascendente de sentir la evidencia de que la variedad encuentra su respeto y legitimidad desde una concepción global.

Temas despertadores de históricos debates como la inmigración en Canarias o la situación del Sáhara convivieron y fueron acogidos desde todos sus matices y expresiones, descubriéndonos que lo que afecta a unos, lo sentimos todos.

El Papa Francisco nos decía en la Evangelii Gaudium, n. 87, que “la palabra solidaridad es mucho más que algunos actos esporádicos de generosidad. Supone crear una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad”.

En la experiencia compartida, la magia de la solidaridad no solo sembró la armonía en una orquesta compuesta con instrumentos tan distintos, sino que nos convirtió en enviados de la que era la auténtica noticia.

Tú eres parte de mí. Sintámonos unidos por el regalo de la vida. Acojamos la solidaridad ahora y siempre porque compartimos un bien común, el regalo de Dios, la solidaridad.

FORMÁNDONOS EN MISIÓN COMPARTIDA

El pasado sábado una comitiva de la Familia Sopeña, formada por Catequistas y Laicas, participó en una jornada organizada por CONFER en la que se reflexionó acerca de la importancia de recibir formación sobre Misión Compartida.

Además de la reflexión teórica, la sesión se centró además en proponer a los asistentes pautas, criterios y orientaciones prácticas para la elaboración de los itinerarios formativos que se llevan a cabo en Misión Compartida.

La formación se prolongó durante toda la mañana en la Sala Arrupe del Espacio Maldonado de los Jesuitas en Madrid.

Organizada por el Área de Misión Compartida de la CONFER iba destinada a animadores, encargados de formación y responsables de la Misión Compartida en las congregaciones.

Las Catequistas Sopeña Rosi Hermosa, Sandra Salazar y María Isabel de Miguel y las laicas de Sevilla, Dolores Martínez y Amparo Romero, aprovecharon el encuentro para intercambiar impresiones con religiosos y laicos de otras congregaciones, con el mismo objetivo de sinodalidad, de compartir responsabilidades en la misión evangelizadora, que a la Familia Sopeña nos dejó definida nuestra fundadora, la Beata Dolores Sopeña.

El Carisma Sopeña está arraigado en la sociedad civil a través del Movimiento de Laicos Sopeña y Sopeña Juvenil.

Son dos grupos abiertos a todos aquellos que quieran dedicar algo de su tiempo a que el mundo sea un poco mejor viviendo su cristianismo de forma más activa y solidaria.

Son motor fundamental dentro del Carisma para construir la fraternidad y contribuir a “hacer de todos, una sola familia”, como era el ideal de Dolores Sopeña.

COMPARTIR LA CASA Y LA MESA

Dolores Sopeña, siempre concibió su vocación y su obra como una opción a compartir con muchas personas de distinta procedencia, para acercar y dar a conocer a Dios y el Evangelio.

Es la misión compartida, que es una de las señas de identidad de nuestro Carisma, así como lo imaginó y lo llevo a la práctica nuestra fundadora.

Compartir la misión siempre es una opción emocionante que supone profundos sentimientos fraternos.

La Familia Sopeña viene haciéndolo desde hace muchos años y supone también entender y proyectar un mundo, una sociedad, como un lugar de fraternidad, como el que comparte la casa o la mesa.

Compartir mesa

Así lo expresa desde Ecuador uno de los miembros de esta extensa familia: Javier Castellanos, Laico Sopeña, en el último número de la revista ICONO, de los Redentoristas, en la que venimos colaborando desde inicios de este año, contando la acción social desde el Carisma Sopeña y con nuestros valores institucionales.

Por aquí os compartimos el artículo, que os ayudará a conocer un poquito más de la Familia Sopeña.

UNA VIDA DE ENTREGA

Nos ganaron el corazón con el testimonio, ahora nos une el servicio. Formamos una gran familia que busca devolver la dignidad al ser humano. En este artículo comparto mi historia y la de otros laicos como yo. Nuestro objetivo final es anunciar el Evangelio, extender el Reino de Dios, esa es nuestra misión compartida.

¿Espectadores o actores?

Ser espectadores significa limitarse a observar los acontecimientos desde nuestra zona de confort; no obstante, siempre atentos a criticar lo que a nuestro entender se ha hecho de forma equivocada. Algunos espectadores inclusive pudieran llegar a sentir lástima por el dolor ajeno que mira a su alrededor; sin embargo, la inacción les domina, nunca llegan a convertirse en un agente generador de soluciones.

Por el contrario, ser actores significa fundamentalmente “ser parte de…”, una búsqueda incesante y permanente de un mundo más solidario, más justo, más honesto, más digno, más unido; es decir, desde la visión de la fe cristiana sentimos que Dios nos ha encomendado la Misión de extender su Reino.

En este contexto, surge esta historia que se ha repetido en el tiempo de muchos laicos, niños, adolescentes, adultos, que han sido ganados el corazón por religiosas, Catequistas Sopeña; y, posteriormente, estos laicos han sido testimonio para otros laicos. Este ciclo virtuoso se ha repetido en el tiempo, pensamos que esto no es casualidad sino una obra de Dios, nosotros lo sentimos como “Nuestra Herencia”.

Surge la pregunta ¿cómo estas religiosas les ganaron el corazón?, ¿por qué los laicos son fieles a este Carisma? ¿esta comunidad de religiosas y laicos que están dispersos en algunos países son como una sola familia?

Compartir la mesa

El sentido de familia es quizá el signo más relevante e importante de la sociedad, indistintamente de la zona geográfica, creencia religiosa, estrato social o nivel cultural.

La confianza de creer en algo, la inspiración de perseguir un objetivo en común, se da justamente en el núcleo familiar; por aquello la frase “Hacer de todos los hombres una sola familia en Cristo Jesús” (Dolores Sopeña) tiene una trascendencia supremamente importante y que se convierte en la esencia de mi comunidad.

Uno de los signos que en las familias genera lazos de unión es el “compartir la mesa”. Jesús lo hizo con sus apóstoles y fue ahí justamente cuando instituyó el servicio, la entrega incondicional, el bajarse a un rol de limpiar los pies. De forma espontánea nuestra comunidad ha heredado esta buena costumbre de compartir la mesa. Empezamos haciendo una oración por aquellas familias que no tienen un pan para servirse y, luego, bendecimos y agradecemos por los alimentos que nos vamos a servir.

Recuerdo siempre una oración que hacíamos cuando bendecíamos los alimentos “…que el pan es más pan cuando hubo el esfuerzo”; ese signo de honradez y sacrificio también lo compartimos como un valor que muchas de las familias transmiten a sus hijos de generación en generación.

Es una oportunidad única para reírnos, llorar, compartir nuestras vivencias, nuestros sueños, quizá algún evento que nos marcó el día; en resumen, ganamos confianza para estar fuertemente cohesionados Catequistas y Laicos Sopeña en la misión.

Compartir Carisma

Una Casa Común

Otro signo que identifica las familias es tener un sitio de acogida donde sentirse protegidos, un lugar donde podamos poner en práctica todos los valores que nos dignifican como personas: solidaridad, fraternidad, respeto, justicia, honradez, transparencia, etc.; quizá debería ser el mundo nuestra casa común. Jesús no se circunscribió a una nación, a una región, a una etnia, en todos los pasajes de su vida pública nos plantea que el mensaje de salvación es universal.

El lugar donde realizamos nuestro apostolado, es nuestra Casa Común; pero realmente no está relacionado con un lugar físico de una zona determinada, si se quiere relacionar con una ubicación física, podemos decir que está en algunos lugares del mundo, en múltiples espacios de acción, donde podamos anunciar el Evangelio y extender el Reino de Dios.

A decir verdad, en la Casa Común no le cerramos las puertas a ningún ser humano, es universal, como el mensaje de salvación de Jesús; creemos en los procesos de conversión y redención, hemos sido y hemos visto como otras personas han sido parte de este proceso.

Conversar a través de la oración

Una de las herramientas más fuertes que hemos recibido de esta herencia carismática todos quienes trabajamos en la misión compartida es la oración.

Recuerdo la primera vez que realicé ejercicios espirituales, tenía ciertas dudas con respecto a, si iba a tener la suficiente voluntad como para pasar “rezando” durante cuatro días seguidos, era muy joven y en mi cosmovisión pensaba que únicamente los religiosos lograban este tipo de hazañas.

Para mi sorpresa, fue justamente aquí cuando aprendí a conversar con Jesús, a escucharlo en el silencio, luego la sensación es de continuar no cuatro días sino toda la vida escuchando su voz en mi interior. Esta práctica hemos tratado de llevarla a todos nuestros espacios de acción con todos quienes aceptan entrar a nuestra Casa Común y ser parte de esta gran familia unidos en Cristo Jesús.

 

 

JOVENES SOPEÑA GUAYAQUIL SIEMPRE ACTIVAS

Las Jóvenes Sopeña de Guayaquil (Ecuador) no han dejado en ningún momento su actividad y, a pesar de los inconvenientes de la pandemia, han querido mantener el contacto y seguir adelante aprovechando las oportunidades de las nuevas tecnologías.

Así que, arriesgando en el nuevo mundo de lo virtual, decidieron realizar el Campamento Sopeña, con el que una vez más involucraron a niños y niñas de varias ciudades de la costa ecuatoriana.

Además de las Catequistas Sopeña de Guayaquil, Mariela Rodas y María Elena García, ocho jóvenes misioneras: Arelys, Nadia, Giuliana, Cristina, Hellen, Daniela Lesly y Niurka; llegaron a más de 26 niños de distintas edades.

Durante el campamento virtual, igual que en otras ocasiones, los participantes hicieron un camino de acercamiento a Jesús y en compañía de Dolores Sopeña, con actividades de encuentro y oración y otras físicas como bailes, manualidades y recetas.

Las jóvenes y las Catequistas Sopeña se encargaron de conducir y animar las reuniones que tuvieron lugar los domingos.

Tanto para los niños acompañados como para las Jóvenes Sopeña el Campamento ha supuesto una experiencia de crecimiento y ocio, una de las bases de apostolado de las Catequistas Sopeña, tanto en las misiones como en los espacios de acción repartidos por todo el mundo.

Durante ese periodo, también tuvo lugar la celebración de renovación de 15 Jóvenes Sopeña, “Caminantes en misión”, en la Capilla de Santa Teresa del Niño Jesús de la Comunidad de Catequistas en Guayaquil.

Las jóvenes dieron el sí, movidas por el Espíritu Santo, a vivir de cerca y con compromiso el Carisma Sopeña.

Parte del encuentro y del trabajo que realizaron lo plasmaron en este alegre vídeo .

 

 

FE ANTE LA ADVERSIDAD

Este inicio de año y en estos momentos de pandemia, Dolores Sopeña nos ha querido dejar un mensaje lleno de esperanza: “Mi tiempo tampoco fue fácil, pero me moví por el tesoro que Dios me había regalado: una gran fe”.

También hubo aliento y amor en sus últimos momentos, antes de su Ida al Cielo, hace ahora 103 años, para decirnos que “…Desde el cielo os bendeciré siempre y desde allí os ayudaré más…”.

Y así es como debemos sentir siempre su cercanía, con fe, más ahora en los que atravesamos dificultades y adversidades y en los que ella también nos reta a estar más cerca de Dios y de nuestros hermanos.

Con motivo de la conmemoración de su muerte, el 10 de enero de 1918, nos deja esta reveladora carta que reproducimos a continuación:

Soy Dolores.

Os bendigo y os ayudo desde el cielo, como prometí. Hoy quiero recordar con vosotros una de mis convicciones más profundas.

Estáis en una situación difícil. Tampoco mi tiempo fue fácil. Yo me moví a partir del “tesoro que Dios me había regalado”: Una gran fe. Desde ahí comprendí que Dios es AMOR y confié ciegamente en Él. Desde ahí descubrí las claves secretas del corazón humano.  Si. Todo se juega en el fondo de cada corazón.

¿Te has fijado en los ojos de las personas que encuentras? TODAS tienen un brillo especial, es su dignidad, es la huella y el reflejo de Dios mismo. No importa lo demás, ni su apariencia exterior, ni su raza, ni siquiera si es creyente o no. Dios me susurraba en mi interior: “esa persona es hija mía, salió de mis manos, como tú. La amo, la amo mucho, aunque, quizá ella lo ignore. Si alguien supiera decírselo, la haría muy feliz”.

Estas ideas se posesionaron de mí y me dediqué con todas mis fuerzas a dar a conocer a ese Dios: Un Dios bueno, un PADRE, Padre de TODOS. ¡Qué verdad escondida!

 “Hacer de todos los hombres una familia en Cristo Jesús”, es la frase que ha llegado hasta vosotros, con toda la ilusión y la dificultad que encierra.

Estáis en un tiempo excepcionalmente crucial para TODOS y todos somos parte de la solución. Es una gran oportunidad para sentirnos hermanos.

Mirar al otro, sea el que sea, con ojos profundos, los que descubren el reflejo de Dios en cada uno y en nosotros mismos.

De ahí el despertar de la solidaridad y de tantos heroísmos y servicios cumplidos con eficacia y humanidad. De ahí que nuestros propios gestos de amor generoso nos reconforten tanto, porque coinciden con lo mejor de nosotros mismos…

 Una vez más, la solución es el amor mutuo, “la globalización de la fraternidad”, frase que usáis algunas veces y se parece a lo que yo sentí hace más de un siglo.

No lo olvidéis jamás. Los seres humanos somos TODOS HERMANOS. Dejaos llevar por esta verdad. El Padre de todos os ayudará.

Os envío nuevamente mi bendición desde el cielo

Dolores”

#DíadeDoloresSopeña #10Enero #MásCercadeDolores

 

UNA COMUNIDAD DE PIEDRAS VIVAS EN CUBA

Relato aparecido en la publicación «Iglesia en Marcha» de Santiago de Cuba, en la que su autora, Rosario de la Caridad Vázquez Fernández, cuenta cómo se creó y se ha desarrollado por parte de Catequistas Sopeña una comunidad de piedras vivas, que dan a conocer a Jesús con sus testimonios vitales.

La Historia de una Comunidad de piedras vivas

La comunidad de la Anunciación de María fue fundada en el año 2012 y, aunque aún no cuenta con un templo propio, acumula una historia de casi 25 años en compañía de Dios.

“En el año 1995, era catequista en la comunidad San Pedro Apóstol y ante la pérdida de mi madre, una de las religiosas que nos acompañaban me propuso crear una comunidad en esta zona del distrito José Martí, en Micro 9, pues no había ninguna presencia de la Iglesia Católica”, comenta Olivia Cobo Díaz.

Ante esta propuesta, las hermanas Catequistas Sopeña visitaron la casa de Olivia y el 25 de diciembre de 1995 celebraron la primera misa en compañía de las pocas personas que conocieron la Buena Nueva. Nacía así la comunidad Nuestra Señora de Belén.

A medida que pasaban los meses iba consolidándose y creciendo, al punto que unos pocos años después, se hizo necesario crear otra Casa-Misión llamada San Francisco Javier, en la casa de la familia de Reynaldo Sang, Martha y Marthica, formada por sesenta adolescentes, juveniles y jóvenes.

Eran entonces, dos apartamentos donde se reunían cada vez más personas a compartir la fe. Los recuerdos que guardan con celo quienes vivieron aquella etapa son muchos pues fueron acompañados por muchísimos sacerdotes, obispos y religiosas. En la primera vez que se hablaba de Dios en esa zona tan habitada y en la que abundaba la religiosidad popular.

Desde sus inicios fue una comunidad misionera, no solo en el área donde estaban ubicados los apartamentos, sino que, en compañía de las Catequistas Sopeña armaban el camión misionero  y cada semana los más jóvenes y algunos mayores, iban a las comunidades del municipio Guamá, ubicado al oeste de la provincia: allí también fundaron comunidades, iniciaron sacramentalmente a muchas personas y hasta el día de hoy regresan a compartir la Palabra de Dios, no las mismas personas, pero si con la misma intención.

Misión Cubanos

“Todo está en el corazón, pero no está escrito con palabras sino con sentimientos”, así recuerda la hermana Eloísa Barcia, Catequista Sopeña y fundadora de Nuestra Señora de Belén. También cuenta: “lo primero que hicimos fue ir a ver a la Madre al Santuario Nacional de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre y, a los pies de la Virgen, iniciamos todo”.

En el año 2012, luego de la visita pastoral de Benedicto XVI a Cuba, se materializó la unificación de las dos comunidades existentes y de la fusión de Nuestra Señora de Belén y San Francisco Javier nació La Anunciación de María como comunidad perteneciente a la Parroquia Cristo Rey del Universo.

Sin embargo, la lejanía del nuevo apartamento imposibilitaba la participación de muchas personas hasta que, en 2017, se aprobara la construcción del templo en un lugar donde confluyen Micro 9 y Micro 10, la Risueña, la Risueñita y otros barrios colindantes.

El 23 de marzo de 2019 se celebró la primera eucaristía en el terreno y los participantes colocaron la primera piedra como ofrecimiento de piedras vivas que quieren construir y compartir el Reino de Dios con quienes no lo conocen.

“Desde entonces, la comunidad ha crecido considerablemente, casi a diario vienen personas para que sus hijos asistan a la catequesis cada sábado, se inició un grupo de catecumenado y la formación para los miembros de la comunidad también ha sido mayor”, explica la hermana Verónica Améstica Canales, Catequista Sopeña, quien acompaña esta comunidad hace varios años.

La nueva ubicación del templo en construcción permite mayor vida comunitaria: cada sábado reciben niños en la catequesis, celebran la Eucaristía dos veces por semana, adoran a Jesús Sacramentado cada jueves, los jóvenes se reúnen cada viernes, en los tiempos litúrgicos de Adviento y Cuaresma realizan retiros comunitarios y no pierden el estilo misionero que les caracteriza.

Comunidad de piedras vivas

En la antigua comunidad Nuestra Señora de Belén nació la vocación de la hermana Dolores Quesada, quien pudo renovar sus votos recientemente, acompañada de quienes la vieron crecer y rezaron por ella.

Rezamos por los miembros de la Anunciación de María, piedras vivas que comunican a Jesús con sus vidas, allí donde Él ha querido habitar por tantos años, recordándonos cómo vino a salvarnos, en lo pequeño y desde lo pequeño.

Aquí puedes ver la publicación completa

Revista Iglesia en Marcha Santiago de Cuba

LAS CATEQUISTAS SOPEÑA NOS CUENTAN

Las Catequistas Sopeña han recopilado en una publicación titulada Las Catequistas Sopeña nos cuentan los rasgos de su Carisma y los elementos esenciales de su estilo de consagración a Dios.

Una a una, varias hermanas expresan cómo recibieron la inspiración con la que Dios las llamó, cómo viven la oración, su respuesta apostólica en la actualidad o su experiencia de vivir en Comunidad.

La personalidad de la fundadora del Instituto Catequista, la Beata Dolores Sopeña, es el motivo de muchos de los acercamientos de estas mujeres a la institución, constituida en 1901.

Te animamos a leerlo para que conozcas sus inspiraciones y sus peculiaridades, pero te dejamos por aquí una pequeña introducción.

María Esther expresa la comodidad que siempre sintió frente a Jesús Sacramentado. En su opinión, la clave de la vida misionera es la oración.

Noemí Gutiérrez muestra su agradecimiento a Dios por concederle el hecho de nacer en una familia cristiana, donde se originó su vocación. Desde siempre ha sentido que su vida es para Dios y con Dios y que siente su amor y su presencia constante.

La vida en comunidad es para Verónica Oleas elemento esencial de la Vida Consagrada, es la vida en familia. En medio de la diversidad de nacionalidades, edades, capacidades, personalidades, “todas nos hermanamos en torno a la Santísima Trinidad y a nuestra madre, la Beata Dolores Sopeña”, explica.

Mane Arenas aborda la experiencia transformadora que suponen los Ejercicios Espirituales. Considera un regalo el haber podido acompañar a los Laicos, personas con las que comparten la Misión Apostólica, en esos espacios de encuentro ignacianos. “Nos convertimos en canales por los que Dios se comunica con su criatura”.

Cristina Buenvarón cuenta cómo desde los Centros, ejes de la obra apostólica que es la Fundación Dolores Sopeña, se materializa el principal compromiso evangelizador a través de mejorar el destino de hombres y mujeres adultos que han tenido menos oportunidades. Para ella, esta Misión es el mayor regalo, el camino pleno y feliz que da sentido a su vida.

En parecidos términos se expresa María Jesús González, para quien un Centro de Formación y Capacitación Sopeña es un proyecto de Dios, un proyecto de acercamiento a personas humildes, de pocos medios, para crecer.

Siente que el Centro es un árbol y “los frutos son palpables en cada corazón y cada vida de las personas que pasan por él”.

Jacqueline Rivas reconoce que conoció a las Catequistas Sopeña en una convivencia y ese momento le cambió la vida. Se sintió cautivada por su forma de ser y de hacer. “Eran mujeres alegres, cercanas, sencillas, acogedoras”. Del Carisma Sopeña le encanta “la manera de dar a conocer a Dios, más con la vida y las obras, que con las palabras”.

Por último, Eloísa Barcia, en Las Catequistas nos cuentan, nos invita a detenernos en la palabra Getsemaní, una palabra muy importante para las Catequistas. Su madre, Dolores Sopeña, “se asoma a la noche de Getsemaní con vértigo y asumiendo personalmente los dolores del mundo… Sus pecados, traiciones, miedos, angustias… Jesús en Getsemaní ama y lo hace sin medida”. Ella lo hará también.

INMA Y JAVIER, LAICOS SOPEÑA EN LIMA (PERÚ)

Inma y Javier, son Laicos Sopeña. Por cuestiones profesionales están actualmente viviendo en Lima, la capital de Perú, en una casa que tiene unas maravillosas vistas del Malecón, con el océano Pacífico de fondo.

En primera persona nos cuentan cómo está yendo su experiencia con la pandemia también por allá, cómo vive la gente en Perú el confinamiento y cómo afecta a su economía.

Nos confiesan, además, sus temores iniciales cuando oían las noticias que por medio de familia, amigos y medios de comunicación les llegaban de España.

Aquí, el Covid-19 llegó, como a la mayoría de los países americanos, algo más tarde que en Europa.

Poco a poco se fueron detectando casos, lo que llevó en un primer momento a la clausura de las clases presenciales en los colegios. Unos días más tarde se decretó el estado de emergencia y la cuarentena obligatoria acompañada con toques de queda y cierre de fronteras, hechos que por su rapidez fueron muy bien recibidos.

El tiempo ha ido pasando y el Estado ha continuado la cuarentena, aunque los casos nunca han sido tanto como en otros países. A pesar de ello, la cifra de contagiados y fallecidos sigue aumentando.

Perú es un país que vive en la calle y en las reuniones familiares o de amigos. Los mercados populares son callejeros y hay barrios enteros donde todo son comercios.

La gente suele hacer su vida en la calle, desde el desayuno hasta la cena, a la hora de volver a sus casas para descansar.

Laicos Sopeña en Lima

Las medidas de distanciamiento y de aislamiento se dificultan ya que muchas personas dependen de lo que ganen diariamente por sus ventas ambulantes para poder sacar adelante a sus familias.

Los hospitales, que llevan años reclamando recursos se han estado reforzando para la pandemia. Esto, debido a las grandes diferencias dentro de cada zona autonómica, hace que en lugares de la selva, o de alta montaña sea de difícil cumplimiento.

Este es un país muy creyente y esto ayuda a la población a mirar al futuro y confiar plenamente en Dios, por eso aunque cueste mucho sufrimiento la sociedad está muy unida y son conscientes del poder de la unión.

Vista Malecón Laicos Sopeña

De un primer momento de miedo ante el avance de la pandemia en España y la distancia que nos separa de nuestros seres queridos, hemos pasado a una aceptación de la realidad que nos ha ayudado a fortalecer nuestra relación familiar y nuestra fe como Laicos Sopeña para seguir adelante.

Comprometidos en la tarea de hacer un mundo mejor, saldremos con ánimos renovados de seguir ayudando a las personas más necesitadas de nuestro entorno”.

Inma y Javier, Laicos Sopeña, también han querido compartir con nosotros unas fotografías de la plaza de Armas, en el centro histórico de Lima, y de la fachada de la Virgen de La Milagrosa, su parroquia de referencia en la capital peruana, ubicada en el turístico Parque Kennedy.

Desde aquí, les agradecemos que hayan compartido con nosotros sus experiencias. Hasta la vista

GRACIAS POR LA MISIÓN QUE NOS DEJASTE

Catequistas, Laicos y colaboradores de los Centros formativos hicimos realidad una vez más el sentimiento de la Familia Sopeña, compartiendo una eucaristía en la que dar gracias por la vida y la misión que nos dejó nuestra fundadora, la Beata Dolores Sopeña.

La celebración era asimismo un recuerdo por el aniversario de su nacimiento que, cada inicio de año, nos reúne en torno a Jesús, la figura que realmente marcó la vida de Dolores Sopeña y, después, la nuestra.

Y cada miembro de la Familia Sopeña estuvo y está desde su lugar y posición; pero todos iguales de presentes e indispensables para el Carisma y para la continuidad de nuestra Misión, que no es otra que llevar la Buena Nueva a los más vulnerables, a los más alejados de Dios y de la sociedad.

Desde el lema apostólico de este año: Sopeña sueña, hazlo posible, miramos como lo hacía Dolores: con ojos de Jesús. Ella sentía su realidad y la sociedad que la rodeaba como un lugar donde ella podía hacer mejoras.

Superando barreras personales, muchas veces físicas, y contratiempos la Beata Dolores Sopeña comenzó a soñar y, con la ayuda del Espíritu, se desvivió por llevar a todas partes el Evangelio, por extender la palabra de Dios y construir un Reino mejor, con justicia y con fraternidad entre todos los hombres y mujeres, independientemente de su origen y estrato social.

El Instituto Catequista Dolores Sopeña y la Fundación Dolores Sopeña, donde se acoge también al Movimiento de Laicos y a los Jóvenes Sopeña, somos el fruto de ese sueño.

Acción Gracias Dolores Sopeña

Y por eso, conviene que, además de dar gracias, nos paremos a reflexionar sobre ¿qué soñamos nosotros?, si estamos dispuestos a trabajar por nuestros anhelos o ¿a qué estamos llamados cada uno de nosotros?

En la Eucaristía, que no es otra cosa que la reunión de hermanos ante los ojos del Padre, aprovechamos a pedir por todos esos sueños, especialmente el de llevar a cabo la Misión Compartida, esencia de las Catequistas Sopeña y la familia Sopeña en general.

Desde aquí pedimos también la fortaleza y la valentía para hacerlos realidad, de la manera en que lo hizo Dolores Sopeña, con la esperanza y la confianza puestas en Dios.

Gracias Dolores por hacernos partícipes de tu Misión.