UN LUGAR PARA LA ESPERANZA

Confiar en algo tan humano como la solidaridad es dar lugar a la esperanza, algo que nos recuerda el Papa Francisco: “Si esperas, nunca serás decepcionado”.

En estos tiempos que vivimos y a las puertas de la Navidad, es un excelente momento para tomar conciencia de que todos somos diferentes, pero partes de un mismo todo.

Esa evidencia hace más formidables aún nuestros esfuerzos por tender manos y puentes, por construir mundos con palabras sinceras y honestas, valientes, amables y sanadoras.

Esa fue la experiencia que no comparte aquí Víctor Rivero, Laico Sopeña y profesor en el Centro Sopeña Las Palmas, en este nuevo artículo para la revista ICONO de los Padres Redentoristas.

Tiempos de acogida a la solidaridad

Acoger y reconocer la solidaridad como algo inherente a la naturaleza humana, supone recordar que afrontamos estos tiempos como hermanos e hijos de un mismo Dios.

Acogemos unos tiempos en los que la realidad se ha hermanado con la ficción.  Tanto es así que, a pesar del tiempo transcurrido desde la llegada de la pandemia, todavía soñamos con despertarnos y descubrir que todo ha sido un sueño.

Sin embargo, tal y como nos ha dicho el Papa Francisco en más de una ocasión, miremos con nuevos ojos nuestra existencia y dejemos su lugar a la esperanza. “Es una virtud que nunca decepciona: si esperas, nunca serás decepcionado” (Homilía de Santa Marta, 23 de octubre de 2018). Porque la espera nos regala que la vida acabe siendo un sueño del que no querremos despertar. Y en ese regalo descubriremos el protagonismo de dos palabras que siempre han jugado un papel especial: acogida y solidaridad.

Un lugar para la esperanza

De etimología latina, estos dos términos parecen predestinados a encontrarse siempre en el camino.  La primera, del verbo “acolligere”, nació con la misión de ser usada cuando deseamos dar refugio y compartir el sentido de hogar. La segunda, de “soliditas”, nos descubre una Buena Nueva: somos partes diferentes de un mismo todo. Recordar esto o, lo que es lo mismo, “volverlo a pasar por el corazón”, debe significar un ejercicio de regresión y redescubrirnos como hermanos e hijos de un mismo Dios.

Una peregrinación hacia el verdadero sentido de la solidaridad

Partícipes del Plan de Dios fuimos aquellas personas que, durante el curso pasado, tuvimos el regalo de sentir y vivir el auténtico espíritu de la solidaridad. Invitado por el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, el Centro Sopeña Las Palmas participó en un proyecto consistente en crear un telediario solidario.

Alumnado de 4º de la ESO, docentes, colaboradores inmigrantes y profesionales de los medios audiovisuales teníamos la misión de abordar algunos de los temas de eterna actualidad desde la perspectiva programada.

Sin embargo, y ahí se obró el milagro, lo que iba a ser un trabajo cooperativo con el objetivo de lograr un “producto final”, se convirtió en una experiencia de peregrinación hacia el verdadero sentido de la solidaridad.

“Si algo nos ha recordado la pandemia es que el aire que respiramos es compartido. Lo inhalamos, lo exhalamos y viaja hacia otras personas”. Estas fueron aproximadamente las palabras expresadas durante las sesiones iniciales de formación por parte de una de nuestras coordinadoras, marcando así el rumbo de lo que vino después.

Era nuestro primer curso presencial después del significativo confinamiento y este mensaje, mil veces presente desde la llegada de la COVID19, lo acogimos en esta ocasión con un sentido diferente. Lejos de recordarnos el miedo pasado y presente, tornó en una Buena Noticia y nos reveló nuestra naturaleza común y compartida.

Somos solidarios por naturaleza y, por tanto, el carisma que debía tener el proyecto que teníamos entre manos no era una mera cuestión de perspectiva, sino de vocación ineludible e innata.

Tú eres parte de mí

Tarea natural y conversora resultó trabajar para materializar este espíritu en un proyecto en el que participaban personas con diferentes orígenes, circunstancias, motivaciones, culturas y creencias.

Pocas veces se presentaba en el camino una oportunidad tan trascendente de sentir la evidencia de que la variedad encuentra su respeto y legitimidad desde una concepción global.

Temas despertadores de históricos debates como la inmigración en Canarias o la situación del Sáhara convivieron y fueron acogidos desde todos sus matices y expresiones, descubriéndonos que lo que afecta a unos, lo sentimos todos.

El Papa Francisco nos decía en la Evangelii Gaudium, n. 87, que “la palabra solidaridad es mucho más que algunos actos esporádicos de generosidad. Supone crear una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad”.

En la experiencia compartida, la magia de la solidaridad no solo sembró la armonía en una orquesta compuesta con instrumentos tan distintos, sino que nos convirtió en enviados de la que era la auténtica noticia.

Tú eres parte de mí. Sintámonos unidos por el regalo de la vida. Acojamos la solidaridad ahora y siempre porque compartimos un bien común, el regalo de Dios, la solidaridad.

DEL CARISMA DE DOLORES SOPEÑA A LA HERMENÉUTICA DE SUS TEXTOS

Volver a los textos que escribió Dolores Sopeña es siempre acercarse a las fuentes del Carisma para alimentar y continuar con su legado en el hoy de la historia.

En este contexto se han reunido, en dos ciclos de una semana completa cada uno, dos grupos de Catequistas Sopeña en la sede de la Casa Generalicia en Madrid (España).

Como facilitador y experto les ha acompañado el sacerdote Santiago González Silva, Misionero Claretiano, quien ha sido durante muchos años director del Instituto Teológico de Vida Consagrada en Roma, además de contar con un doctorado en Teología y otros.

El trabajo conjunto, la reflexión y análisis de los textos fue una experiencia de encuentro directo y en dialogo con la fundadora, con su mundo, sus experiencias, su espiritualidad, sus búsquedas, su servicio a la Iglesia, etc.

El estudio de las fuentes ha ayudado a enriquecer el Carisma, a resituar lo que ya se ha estudiado sobre los escritos de Dolores Sopeña, a descubrir aplicaciones prácticas que puedan surgir en respuesta a lo que la Iglesia necesita hoy y pide del Carisma Sopeña.

Ha sido una invitación a integrar la hondura de su legado en el estilo Sopeña en el actual momento que vivimos, un modo de ser y de estar en medio del mundo.

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FORMÁNDONOS EN MISIÓN COMPARTIDA

El pasado sábado una comitiva de la Familia Sopeña, formada por Catequistas y Laicas, participó en una jornada organizada por CONFER en la que se reflexionó acerca de la importancia de recibir formación sobre Misión Compartida.

Además de la reflexión teórica, la sesión se centró además en proponer a los asistentes pautas, criterios y orientaciones prácticas para la elaboración de los itinerarios formativos que se llevan a cabo en Misión Compartida.

La formación se prolongó durante toda la mañana en la Sala Arrupe del Espacio Maldonado de los Jesuitas en Madrid.

Organizada por el Área de Misión Compartida de la CONFER iba destinada a animadores, encargados de formación y responsables de la Misión Compartida en las congregaciones.

Las Catequistas Sopeña Rosi Hermosa, Sandra Salazar y María Isabel de Miguel y las laicas de Sevilla, Dolores Martínez y Amparo Romero, aprovecharon el encuentro para intercambiar impresiones con religiosos y laicos de otras congregaciones, con el mismo objetivo de sinodalidad, de compartir responsabilidades en la misión evangelizadora, que a la Familia Sopeña nos dejó definida nuestra fundadora, la Beata Dolores Sopeña.

El Carisma Sopeña está arraigado en la sociedad civil a través del Movimiento de Laicos Sopeña y Sopeña Juvenil.

Son dos grupos abiertos a todos aquellos que quieran dedicar algo de su tiempo a que el mundo sea un poco mejor viviendo su cristianismo de forma más activa y solidaria.

Son motor fundamental dentro del Carisma para construir la fraternidad y contribuir a “hacer de todos, una sola familia”, como era el ideal de Dolores Sopeña.

RECONOCERSE EN EL AMOR DE DIOS

El amor que Dios ha depositado en cada uno de nosotros, en forma de fortalezas y virtudes, es lo que nos impulsa a crecer, a ayudar, a ser mejores, conscientes de que somos hermanos en un mismo mundo, a salir adelante a pesar de las dificultades.

Pero no nos engañemos, a veces, a pesar de los esfuerzos y del amor de Dios, que nunca nos falla, las cosas no nos salen como nos gustaría.

En todos los casos, sin embargo, es importante contar también con el impulso y el apoyo, el amor de las personas más cercanas, que con el objetivo de descubrir esa joya que Dios deja en nosotros, se embarcan en hacer de este mundo, un mundo mejor, más justo y habitable para todos.

Nosotros somos afortunados de tener un excelente ejemplo en Dolores Sopeña.

Pasar del yo y nuestras circunstancias, al nosotros; de una vida simple y costumbrista a una vida entregada y consciente por ser hijos de Dios, es lo que marca la diferencia, precisamente eso tan invisible.

Así nos lo cuenta Ángela Yaneth Franco Silva, Laica Sopeña en Colombia, en este nuevo artículo, escrito para la revista ICONO de los Padres Redentoristas.

Ángela nos da las claves de cuántas personas que pasan por nuestros Centros Sopeña en el mundo se han dado a los demás, les han ayudado a perseguir sus sueños, luchar por sus metas y, cuando llegan a nuestras aulas… han descubierto que también les llega el turno de darse una oportunidad a sí mismos.

LO INVISIBLE: UN SECRETO BIEN GUARDADO

Descubrirnos a nosotros mismos y detectar los recursos con los que hemos sido dotados es abrir la ventana hacia el hallazgo de nuestra riqueza mayor: ser hijos de Dios.

Lo que vemos

María Hermelinda nació en una de las regiones más pobres de Colombia. Trabajó en el campo y cuidó a sus nueve hermanos desde que tenía uso de razón; ella era la mayor. A sus once años, estaba cansada de tanto “trajinar”. Entonces, decidió viajar con una tía a Bogotá para “salir adelante”.

María Hermelinda ha trabajado en el servicio doméstico desde los once años; ahora tiene 64. Gracias a su esfuerzo y dedicación, su hija se convirtió en una profesional.

Un día, María Hermelinda llegó por casualidad al Centro Sopeña. Desde entonces, comenzó a aprender a leer y a escribir; se graduó de Primaria; cursó la Secundaria; asistió a clases de Culinaria y Modistería; “de todo un poco”, como dice ella. Además, asistió entusiasmada a la tertulia dominical, un espacio en el que compartimos la vida y crecemos juntos.

Actualmente, sigue ayudando a su familia en el Chocó; tiene casa propia; su hija vive con el esposo y espera su primer bebé.

Lo que no vemos

Podemos estar con personas como María Hermelinda, una mujer afrodescendiente, robusta, que habla rápido y fuerte, con manos grandes, y ni siquiera imaginar quién es, si se ha alimentado bien, si es desplazada por la violencia, si ha podido estudiar, si sus sentimientos se han ensanchado por la aparición de nuevas relaciones, si su vida tiene un sentido más allá de la realidad de todos los días. Tan solo vemos la superficialidad de su color, vestido y cabello rizado, si nos detenemos en algo, porque, la mayoría de veces, seguimos de largo sin brindar una sonrisa o unos buenos días.

Asimismo, desconocemos el secreto de María Hermelinda. Ella vino a Bogotá para “salir adelante”, para que no la “ignoraran” y, sobre todo, para que no la “insultaran” llamándola “analfabeta” cuando decía que no sabía firmar.

Lo nuestro

Con este pronombre, el panorama empieza a cambiar. Ya no somos seres que buscan el beneficio personal ni nos reducimos a lo que se ve por fuera; ahora somos yo y el otro, los otros y yo: somos “nosotros”.

Objetos del amor de dios

Nos convertimos en personas con un universo interno valioso. No somos tan solo el producto de condiciones particulares (raza, edad, orientación sexual, condición social, creencia política o religiosa). Somos parte de algo mayúsculo y sustancial, que nos otorga una identidad universal: somos hijos de Dios, de un Dios que nos ama, que nos hermana, que quiere nuestra felicidad. Cuando esta verdad nos toca, por arte de amor, nos sorprendemos sentados frente al banquete en donde se sirve la dignidad en porciones iguales.

Dolores Sopeña nos enseña a ser samaritanos en todo momento y lugar, en medio de la calle, en el bus, en las redes sociales. En estos lugares y momentos, podemos acercarnos y ofrecer lo nuestro, lo de todos, ese ser dignos para nosotros mismos y para los demás. Es muy probable que Dolores o una de sus hijas, nosotros mismos u otros tantos, contagiados por esta misión, veamos a personas como María Hermelinda, les abramos las puertas y las invitemos a pasar.

En general, las personas que vienen a estudiar la Primaria a nuestros centros, han ofrecido su vida a otros para acompañarlos en la realización de sus metas, se han olvidado de sí mismas en ese darse continuamente, pero nosotros no nos olvidamos de ellas.

Allí nos encontramos con la gran posibilidad de cambiar la mirada indiferente que anula a las personas, y la interesada que busca sacar provecho de ellas, por una mirada que ve a hijos e hijas amados por Dios, que tienen su propia valía.

En ese sentido, María Hermelinda empieza a encontrar aquello que le hacía falta adquiriendo ciertos conocimientos, compartiendo sus experiencias e intercambiando saberes, ampliando sus horizontes y afectos, acercándose vivencialmente a valores como el amor, la amistad, la solidaridad, la fraternidad, la cercanía, el respeto y la dignidad. María Hermelinda ya no será la misma, pues ha descubierto que ella es hija de Dios y Él es quien la dignifica otorgándole el diploma más meritorio de su vida.

Descubriéndose amado por Dios, el hombre comprende la propia dignidad trascendente, aprende a no contentarse consigo mismo y a salir al encuentro del otro en una red de relaciones cada vez más auténticamente humanas.

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 4. 

La joya más preciosa

En entrevistas a estudiantes de Primaria, me encontré con estas respuestas:

1.         ¿Para qué aprender a leer y a escribir?        

2.         ¿Por qué lo mantuviste en secreto? 

3.         ¿Qué harás cuando aprendas?

José: 1. Quiero ser importante. 2. Porque me trataban mal. 3. Seré especial y me sentiré feliz.

Juana: 1. Para enorgullecerme de mí. 2. Yo me avergüenzo de mi persona. 3. Le leeré la Biblia a Jesucristo en la iglesia.

Pedro: 1. Por sentirme igual que los demás. 2. Porque me humillan, se burlan de mí. 3. Seguiré adelante estudiando más.

En José, Juana y Pedro, se vislumbra la búsqueda de la joya más preciosa: el descubrir que son hijos de Dios, su más alta dignidad, el más incalculable conocimiento al que pueden aspirar.

Ángela Yaneth Franco Silva

Laica Sopeña. Bogotá (Colombia)

ICONO NOVIEMBRE-21

CON SAN IGNACIO A TRAVÉS DE DOLORES SOPEÑA

Se puede estar cerca de San Ignacio de muchas formas posibles y una, que nos resulta especialmente grata, es a través de la figura de una de sus más fieles seguidoras, Dolores Sopeña.

Todo aquel que visite el valle de Loyola, durante este año de conmemoración de los 500 años de la conversión de Ignacio, tiene la posibilidad de conocer por qué Dolores Sopeña inauguró allí, en julio de 1910, La Casa Misionera, inicialmente concebida para Noviciado.

San Ignacio con Dolores Sopeña

Por su proximidad a la santa casa de Loyola, lugar de nacimiento de San Ignacio. La devoción de Dolores a este santo fue muy grande. Lo considera su Padre, su guía, su maestro, su intercesor, su modelo.

Esta “tierra bendita”, como la llamaba Dolores Sopeña, donde Ignacio nació, será para ella cuna y refugio, oasis y desierto, lugar de sueños y realidades, de contemplación y proyectos apostólicos.

Para esta ocasión se ha elaborado una audioguía, que contiene muchas de las claves de su vida y su obra y de nuestro Carisma.

Los contenidos de esta audioguía están disponibles tanto a través de una instalación de códigos QR como con una visita guiada por alguna de las Catequistas Sopeña de aquella comunidad.

Así, se pone de manifiesto que Dolores tiene algo claro: desea que la formación de sus futuras hijas y compañeras se lleve a cabo en el mismo ambiente geográfico de sus primeros sueños. En términos espirituales, ella lo describe como “a la sombra de San Ignacio” para recibir y crecer aquí en su espíritu.

Como decimos, la visita a la Casa Misionera del Instituto Catequista Dolores Sopeña nos desvelará información acerca de la estatua de Dolores que está en el vestíbulo de entrada, el pequeño museo que acoge muchos de las representaciones artísticas que ella inspiró y la iglesia y el sepulcro que alberga sus restos.

En la conmemoración de los 500 años de la Conversión del santo guipuzcoano, las Catequistas Sopeña han aprovechado también para dar a conocer la Casita.

Una sencilla y humilde edificación, muy cerca de la ermita de Nuestra Señora de Olatz y propiedad de la persona que estaba a cargo de su cuidado.

El viernes de Dolores de 1905, las Catequistas Sopeña le regalaron Dolores por su santo esta casita, un regalo muy especial.

La sorpresa le lleno de llenó de alegría. ¡Otro sueño cumplido! Un paso más hacia la realidad que tanto deseaba: establecer en Loyola la casa de formación.

Casita y Casa de Dolores Sopeña

Dolores llega a hacer una equiparación con la cueva de Manresa, lugar privilegiado de experiencia de Dios para San Ignacio: La “Manresa de Olatz”, lugar de intensa comunicación con Dios para Dolores.

La capilla de la Casita es el centro de la casa donde Dolores reza cada día acompañada del resto de Catequistas.

En su habitación, que también puede visitarse, se conserva una mesa con cajón. Es conocido como el cajón de los milagros. Dolores Sopeña siempre encontraba allí donativos que la ayudaron a llevar a cabo su obra, por la que siempre luchó.

Si pasas por el valle de Loyola, parte de la historia de la Beata Dolores Sopeña y de nuestro Instituto y su principal obra apostólica, la Fundación, estará a tu alcance para que nos conozcas mejor y veas también, a través de Dolores, a San Ignacio de Loyola y por qué del influjo de su espiritualidad en nuestro Carisma Sopeña.

 

 

CIEN AÑOS DEL JUNIORADO

Las Catequistas Sopeña celebramos ayer, jueves 7 de octubre, los 100 años de la incorporación del Juniorado, una de las cinco etapas de nuestra formación religiosa, de exclusiva dedicación a estudios religiosos y civiles, y por la que Dolores Sopeña, nuestra madre fundadora, tenía especial interés.

A pesar de su empeño y sus esfuerzos, la etapa no fue aprobada hasta tres años después de su muerte, concretamente el 7 de octubre de 1921.

La formación de una Catequista Sopeña se entiende como un itinerario paulatino y progresivo que nos ayuda a crecer en la relación con Dios, nos enseña a vivir en comunidad y alienta nuestra entrega al servicio de la Misión.

La conmemoración de esta fecha tan especial para las Catequistas Sopeña tuvo lugar en la Casa de Toledo, la que más veces acogió esta etapa formativa, con una eucaristía, presidida por el sacerdote Juan de Dios y en la que participó el Consejo General, así como otras religiosas y laicos de la Familia Sopeña.

Juniorado al fondo

La celebración de este primer centenario del Juniorado es “un acontecimiento para revisarnos e impulsarnos en nuestra formación permanente, no para detenernos; mirando al futuro con esperanza, contando con la fidelidad de Dios y el poder de su gracia, capaz de obrar siempre nuevas maravillas”.

La etapa del Juniorado fue un “sueño” de Dolores Sopeña. Ella murió antes de conseguir su puesta en ejecución, pero siempre sintió la necesidad de que después de los Primeros Votos, las jóvenes aspirantes dedicaran varios años al estudio y a la oración.

Los Jesuitas, a los que Dolores Sopeña siempre pedía consejo y acompañamiento espiritual, le animaron a emprender, como ellos, esta importante etapa para un mayor servicio al Señor, a afirmarse en la propia vocación, en el conocimiento y vivencia del Carisma Sopeña y para enriquecer el aspecto experiencial en Comunidad.

Celebración de los 100 años del Juniorado

Tras las etapas del Aspirantado, Postulantado y Noviciado, el Juniorado es una etapa de consolidación en la que se realizan estudios superiores religiosos y civiles, se ahonda en el Carisma Sopeña y se asumen las primeras responsabilidades en la misión apostólica.

El lugar elegido para instituir el Juniorado por primera vez fue en la Casa de Santoña, donde permaneció hasta 1933, momento en el que se traslada a Loyola.

Se puede decir que esta etapa formativa es “itinerante” puesto que en estos 100 años las Catequistas Sopeña la han podido seguir en 14 ciudades diferentes de 6 países, europeos y latinoamericanos.

“Las nuevas profesas no serán ocupadas en las Obras del Instituto inmediatamente después de la Primera Profesión, sino que permanecerán dos años, por lo menos, con el fin de hacerse más aptas para trabajar después, alternando estudios con las prácticas propias de la formación, a fin de continuar ejercitándose en la humildad y la abnegación de sí misma. Poco a poco serán iniciadas en los trabajos del apostolado”, reza en las Primeras Constituciones.

 

A IMAGEN Y SEMEJANZA DE DIOS

El individualismo que parece campar en nuestras sociedades distorsiona la mirada con la que vemos a nuestros hermanos, pero Dios, que nos mira de otra manera a hombres y a mujeres, nos creó como personas dignas de amor y capaces de amar, nos creó a su imagen y semejanza.

Así es cuando se cumple el primer año de la publicación de la encíclica Fratelli Tutti, en la que el Papa Francisco nos invita a desarrollar la fraternidad de todos en nuestra diversidad y participar así en la construcción de un nuevo mundo, tras los efectos devastadores de la COVID19.

Y así nos lo recuerda Gabriela Reyes, Catequista Sopeña, ahora en Santiago de Chile, en este artículo compartido en la revista ICONO, de los Misioneros Redentoristas. “Solamente respetando la dignidad seremos una sociedad justa”.

 

RESPETO DE LA DIGNIDAD HUMANA, PRINCIPIO DE LA VIDA SOCIAL

 “La doctrina social se desarrolla a partir del principio que afirma la inviolable dignidad de la persona humana”. La Iglesia reconoce el fundamento de esta dignidad en Dios, dador de la dignidad del ser humano, a quien ha creado a su imagen y semejanza. La Iglesia anima en el respeto y cuidado de la dignidad humana. Solamente respetando la dignidad seremos una sociedad justa.

En agosto del 2020, en Audiencia General del día 12, Papa Francisco afirmó que “el coronavirus no es la única enfermedad que hay que combatir, sino que la pandemia ha sacado a la luz patologías sociales más amplias”, como “la visión distorsionada de la persona, una mirada que ignora su dignidad y su carácter relacional”.

“La pandemia ha puesto de relieve lo vulnerables e interconectados que estamos todos. Si no cuidamos el uno del otro, empezando por los últimos, por los que están más afectados, no podemos sanar el mundo”, así lo expresa el Papa Francisco poniendo el énfasis en el respeto a la dignidad de la persona.

Visión distorsionada de la persona

El Papa reconoció el compromiso “de tantas personas que están demostrando el amor humano y cristiano hacia el prójimo, dedicándose a los enfermos, poniendo también en riesgo su propia salud”.

Sin embargo, afirmó que: “el coronavirus no es la única enfermedad que hay que combatir, sino que la pandemia ha sacado a la luz patologías sociales más amplias”, como lo es, sin duda, una “visión distorsionada de la persona, una mirada que ignora su dignidad y su carácter relacional.” Una mirada hacia las demás personas como objeto de uso y desecho, que “fomenta una cultura del descarte individualista y agresiva, que transforma el ser humano en un bien de consumo”.

Creados a imagen y semejanza de Dios

Pero Dios, mira al hombre y a la mujer de otra manera, “Él nos ha creado no como objetos, sino como personas amadas y capaces de amar, nos ha creado a su imagen y semejanza”, dando a la persona una dignidad única, invitando a vivir en comunión con Dios, en comunión con los hermanos y hermanas, en el respeto de la creación, en armonía.

 El Papa resalta un ejemplo evangélico de la distorsión de la mirada desde el individualismo, recuerda a la madre de Santiago y Juan pidiendo a Jesús que sus hijos se sienten a la derecha y a la izquierda del Rey (Mt. 20, 20-28).

Ante esta petición, el Señor propone un nuevo enfoque: “la del servicio y del dar la vida por los otros”. El querer ser superior, es un egoísmo que destruye la armonía.

No podemos ni queremos ser indiferentes ni individualistas, y acogemos con gratitud la petición que el Papa hace al Señor: “que nos de ojos atentos a los hermanos y a las hermanas, especialmente a aquellos que sufren”, reconociendo y respetando la dignidad humana de cada persona, cualquiera sea su raza, lengua, o condición. «La armonía te lleva a reconocer la dignidad humana, aquella armonía creada por Dios».

A imagen de Dios

Inalienable, la dignidad humana

El Papa recordó que “la dignidad humana es inalienable, porque ha sido creada a imagen de Dios”, es el fundamento la vida social que determina los principios de lo cotidiano. En la actualidad, nos dice Francisco, “la referencia más cercana al principio de la dignidad inalienable de la persona es la Declaración Universal de los Derechos del Hombre”. Y afirma que “los derechos no son solo individuales, sino también sociales, de los pueblos y de las naciones”, por tanto, el respeto a toda persona en su dignidad, es el mismo respeto a su Creador.

La comprensión surge de la renovada conciencia de la dignidad de toda persona, esto suscitan una actitud de cuidado y de atención hacia el prójimo. El ser humano al contemplar a las demás personas como hermano, hermana, no como extraño enemigo, lo mira con compasión y lo acoge como miembro de una sola familia.

En palabras del Papa, nos dice que: “Mientras trabajamos por la cura de un virus que golpea a todos indistintamente, la fe nos exhorta a comprometernos seria y activamente para contrarrestar la indiferencia delante de las violaciones de la dignidad humana; la fe siempre exige que nos dejemos sanar y convertir de nuestro individualismo, tanto personal como colectivo”.

 Para finalizar, quiero referirme a una gran mujer, Dolores Sopeña que, en sintonía con el pensamiento del Papa Francisco, nos señala que la fe, en Dios, nuestro Padre, se apoya sólidamente sobre nuestra familia humana. En Cristo, el Hijo por excelencia, somos todos hermanos. Su gran ideal fue: “Hacer de todos, una sola familia en Cristo Jesús”.         

 

HACER DE TODOS UNA SOLA FAMILIA

La celebración esta semana en la Iglesia Católica de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado nos hace reflexionar a las Catequistas Sopeña sobre aquel sueño que a finales del siglo XIX Dolores Sopeña persiguió: “Hacer de todos, una sola familia en Cristo Jesús”.

Repasando el mensaje de los Obispos españoles y bajo el lema de este 2021 “Hace un ‘nosotros’ cada vez más grande”, reconocemos nuestro Carisma en ir más allá de lo conocido y de los conocidos, en salir al encuentro de los alejados, en visitar las fronteras físicas y espirituales.

Creemos firmemente en la dignidad y el valor de las personas migrantes que hacen más ricas y más fraternas, más cristianas y más próximas a Dios, nuestras sociedades, que muchas veces están estancadas en el individualismo y en la ceguera.

Cada uno de nosotros se ha sentido forastero o migrante en algún momento de su vida y, sin embargo, no por eso ha perdido el amor de Dios.

Esta conmemoración el próximo domingo día 26 de septiembre es, según han manifestado los Obispos españoles en su comunicado, “una ocasión para tomar conciencia de la situación del mundo en el que vivimos ante el desafío de las migraciones y las oportunidades que nos ofrecen de cara al futuro”.

La más importante, desde nuestro Carisma, entender que todos estamos interconectados y compartimos viaje y equipaje, aunque son ahora las personas vulnerables, que abandonan trágicamente por diferentes causas sus hogares y países, las que siguen llamando a nuestras puertas.

Igual que a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, Dolores Sopeña tuvo que enfrentar tres grandes retos: la revolución industrial, el anticlericalismo y el distanciamiento cada vez más grande entre clases sociales; ahora, uno de los retos de nuestro tiempo es precisamente, cómo mirar al migrante, al refugiado que llega a nuestro país, a nuestro pueblo y a nuestras fronteras.

Migrantes

Ahora nos toca, haciendo también nuestro el sueño de Dolores Sopeña, “hacer de todos, una sola familia”, acogiendo, protegiendo, promoviendo e integrando.

Como ella, la Familia Sopeña cree firmemente que el contacto y el conocimiento sincero entre las personas elimina prejuicios y estimula el amor fraterno.

Como dijo el Papa Francisco en la misma Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado en 2013: “Todos somos responsables de la vida de quienes nos rodean” y “Cada forastero que llama a nuestra puerta es una ocasión de encuentro con Jesucristo, que se identifica con el extranjero”.

SALIR AL ENCUENTRO DE LA REALIDAD

Salir al encuentro de las personas que viven hoy y antes en la desesperanza, tal y como hizo Dolores Sopeña, supone no solo un movimiento físico, de acercamiento, sino, sobre todo, un movimiento interior, que nos debe colocar ante una persona por descubrir, más que ante necesidades que aliviar.

Un desplazamiento que transmita en todas sus formas el Amor de Dios.

Así nos lo cuenta Mane Arenas, Catequista Sopeña en Bogotá (Colombia), en este artículo de colaboración en la revista Icono de los Redentoristas, en el que nos muestra una de las formas de “contagiar el Amor de Dios”.

En nuestro Carisma y, a través de la formación en el mundo del trabajo, nos movemos hacia los demás, hacia el otro, facilitando además de la capacitación profesional, espacios de encuentro para la vida misma.

UNA FORMA DE ACERCAR A DIOS

Salir al encuentro es una actitud heredada. Alguien, antes de que nosotros siquiera lo pensáramos, salió en nuestra busca, por amor y para invitarnos a amar. Y es que, en infinidad de oportunidades, y en ocasiones sin darnos cuenta, ha sido el mismo Dios quien ha salido a nuestro encuentro primero, como suele decir el papa Francisco: Él nos “primerea en el amor”, pues salió de la eternidad para hacerse transitoriedad, dejo su inmortalidad, para experimentar la mortalidad y compartir con el mundo la Vida… y digo vida con mayúsculas, porque a Jesús, le bastaron solo 33 años para vivir plenamente su humanidad y mostrarnos con su andadura en esta tierra, que la felicidad que Dios nos propone, surge del salir de uno mismo, para encontrarse con el otro.

Muchos han optado por este camino. Francisco de Asís, Alfonso María de Ligorio, Dolores Sopeña, Alberto Hurtado, la madre Teresa de Calcuta, Laura Montoya… son algunos nombres de la extensa lista de personas que hicieron de su historia personal, un camino permanente, en el que, situaciones, lugares y diferentes rostros, fueron el centro de su hacer.

Hombres y mujeres mirados, amados e invitados por Dios, sintieron en su interior la llamada de Cristo a salir a su encuentro en el más necesitado. Se movieron con el corazón inflamado por la fuerza de su Espíritu, encontrando nuevas formas de acercar la ternura de Dios a un mundo fragmentado, descubriendo en cada hermano y hermana golpeados por dolor, la pobreza, el abandono, la fragilidad, el mismo rostro de Cristo que les interpelaba.

Hoy en día, somos muchos los que, siguiendo los pasos de Jesús e inspirados por estos primeros seguidores, transitamos por estos caminos, que, aunque hoy sean diferentes a los suyos, los recorremos con la misma convicción, con el mismo impulso, con el mismo deseo de salir al encuentro de realidades que necesitan atención, con la misma ilusión de hacer visible el amor de Dios a tantas vidas hoy desesperanzadas.

Es así como la formación del mundo del trabajo, la capacitación de personas que no han tenido la oportunidad de desarrollar sus habilidades, forman parte de esas plataformas que nos permiten movernos hacia el otro, brindando, no solo espacios formativos, sino lugares de encuentro donde compartir la vida.

Una actitud que nos descentra…

Puede parecer fácil encaminarnos hacia el otro, sin embargo, salir al encuentro implica no solo movimiento físico, sino, sobre todo, un desplazamiento interior, en el que, colocando todos nuestros sentidos a disposición de la realidad, estamos atentos a las necesidades que surgen, descubrimos en el otro, más que una carencia que cubrir, una persona a la que conocer, escuchar, animar y transmitir la certeza de que somos hijos de un mismo padre y, por lo tanto, hermanos. Supone contagiar el amor de Dios como Padre, que sale hoy al encuentro de la humanidad, a través de nuestras manos, miradas, palabras y actitudes…

 

Salir al encuentro personas

 

Muchos son los laicos que hoy viven también desde esta actitud, Nancy Madroñero, colaboradora del Centro Sopeña Bogotá, nos comparte: “En estos años de colaboración, he aprendido a tener en cuenta a todas las personas, cada una con sus experiencias de vida y los valores que aportan a la riqueza de la Fundación. Se evidencia en ellos la presencia de Dios, sobre todo en los más necesitados, ya sea de conocimientos, compañía, escucha, empatía… Salimos al encuentro para acogerlas, como si fuera el mismo Dios tocando a nuestra puerta”.

¿Y cómo perciben este valor los destinatarios, aquellos a los que ‘salimos al encuentro’? Deissy Salcedo nos comenta: “Mi experiencia en el Centro de Formación Sopeña Bogotá ha estado marcada por matices de cercanía, acogida y afecto, valores que no esperaba encontrar tan arraigados en un espacio de capacitación para el trabajo y es que, gracias a colaboradores y Catequistas Sopeña que los viven con sencillez, esto se percibe en el ambiente. Allí siempre he encontrado las puertas abiertas para preguntar, indagar, compartir o ser escuchada, lo que ha contribuido a que mí formación sea más integral y se mantenga el deseo de continuar siendo parte de la familia Sopeña”.

 Dios continúa deseando acercarse cada vez más a la humanidad y somos tú y yo, los encargados de hacerlo posible en lo pequeño y sencillo de cada día. Él nos conoce, sabe que cuenta con nosotros, pues este valor forma parte de nuestra esencia. Nuestras entrañas se conmueven ante el dolor del otro y la empatía, con la que todos venimos a este mundo, se despierta ante el hermano, la hermana que encontramos en el camino de la vida.

Que el Señor siga sembrando nuestros corazones, el deseo permanente de salir al encuentro y esparcir en este mundo su ternura, su amor y su compasión por toda la creación.

 

DE VIVA VOZ LA HISTORIA DE DOLORES SOPEÑA EN LOYOLA

Con motivo del Año Ignaciano, que conmemora este 2021 los 500 años de la llamada “Conversión” de Ignacio, el valle de Loyola está de fiesta y las Catequistas Sopeña, que compartimos espiritualidad con los jesuitas, queremos compartir también esta celebración con la presentación de viva voz, a través de unos preciosos e interesantes audios, la historia de Dolores Sopeña en la cuna de San Ignacio.

La influencia de la espiritualidad ignaciana en Dolores Sopeña es innegable. Los Ejercicios, que hizo anualmente como laica desde los 28 años, la configuraron por dentro, humana y espiritualmente.

El Instituto Catequista Dolores Sopeña estrena estos dos audios centrados en la Casa Grande, la Casa Misionera, construida por iniciativa de Dolores para Noviciado y que se inauguró el 31 de julio de 1910, y en La Casita.

Por su proximidad a la santa casa de Loyola, lugar de nacimiento de San Ignacio. La devoción de Dolores a este santo fue muy grande. Lo considera su Padre, su guía, su maestro, su intercesor, su modelo. Esta “tierra bendita”, como la llamaba Dolores Sopeña, donde Ignacio nació, será para ella cuna y refugio, oasis y desierto, lugar de sueños y realidades, de contemplación y proyectos apostólicos”, así nos relata el documento sonoro el inició de la visita.

A la sombra de San Ignacio

“Algo tiene claro (Dolores): desea que la formación de sus futuras hijas y compañeras se lleve a cabo en el mismo ambiente geográfico de sus primeros sueños. En términos espirituales, ella lo describe como “a la sombra de San Ignacio” para recibir y crecer aquí en su espíritu”.

Y finalizando la visita de la Casa Misionera, junto al Sepulcro, en la Capilla:

“En la urna, los restos, exhumados antes de la Beatificación. En la cubierta de plata se encuentran fundidos muchos obsequios, alianzas, anillos, joyas y recuerdos, metales preciosos, donados por familiares, devotos, colaboradores y amigos de Dolores y de su Instituto. Presencia silenciosa y admiración que la siguen acompañando”.

También La Casita de Olatz, próxima a la ermita del mismo nombre, en la que tanto disfrutaba de la oración San Ignacio, fue un regalo muy especial de las entonces Catequistas Sopeña a la madre, Dolores Sopeña.

Esta pequeña casa siempre fue especial para ella y “constituye para todos, una gran reliquia porque, Dolores, aún después de terminado el Noviciado, gustaba de pasar en “esta casita” muchos días, incluso semanas, de oración, trabajo y descanso”.

El audio recoge escenas deliciosas vividas por Dolores Sopeña y sus hijas entre estas cuatro paredes en medio del valle y entre montañas: “Es fácil imaginar el ambiente que reinaba en la casa con tiempo para el silencio, la oración y el estudio. Ambiente de alegría, de intercambio de ideas, de sueños, de proyectos… Aún están estrenando una vida nueva, un proyecto original.  ¡Cómo habrán compartido sus ideales de pertenecer totalmente a Dios y de entregarse a un trabajo social y evangelizador en medio del mundo!”.

El documento sonoro que se puede escuchar en la web (Catequistas o Canonización) recoge otra información interesante para todo aquel que quiera acercarse a Dolores Sopeña y a su Instituto religioso, porque allí se pueden visitar todavía numerosos muebles y objetos personales usados por ella.

Concretamente la mesa que está ubicada en su habitación, en la parte de arriba: “Esta mesa encierra también un pequeño secreto. Es tradición en el Instituto que, en el cajón, se encontraba dinero para la construcción del Noviciado, cuando no contaba con otros medios. Por eso, ella lo llamaba “el cajón de los milagros”. Tal vez era un donativo depositado allí por alguna de sus hijas… tal vez fue un hecho realmente extraordinario. No importa. Su fe nunca dudó de la providencia especial de Dios que la fue proporcionando los medios para “la obra de la fe”, como ella llamaba al edificio del Noviciado”.

Estamos seguras de que la audición de estos documentos inspirará una visita que la Comunidad de Catequistas de Loyola está encantada de recibir.

¡Os esperamos!